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Indignados

24 diciembre 2010

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. Que no son, aunque sean. Que no habían idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

EDUARDO GALEANO, El libro de los abrazos

Cada jueves, hacia las cuatro, cuando la tarde se hace un poco más fresca, y el sol se viene encima, me dirijo hacia la cárcel de Bangassou. Son once meses en los que he visto pasar a muchísima gente. La mayoría, gracias a Dios, ya quedan como un recuerdo en mi corazón y en las fotos que voy atesorando en el ordenador, porque un día les dieron carta blanca para salir y desaparecer del mapa… y así lo hicieron. Nunca más los volví a ver, no sé dónde estarán, pero lo que es seguro es que estarán mucho mejor que en ese infierno con apellido de justicia y orden.

Otros, siguen todavía allí, saludándome cada jueves con cariño desmedido y efusivos abrazos, algo extraños dentro de esta cultura centroafricana; regañándome si alguna semana falto a nuestra cita obligada,  el resto… nuevos compañeros, que se van sumando semana tras semana, llegados de cualquier parte del país.

No vinimos a erigirnos en héroes ni en buenas personas. Intenté ir conociendo poco a poco las múltiples realidades que se viven en este rincón escondido del mundo, y la “Da ti kanga” —prisión— me atrajo desde el principio por su crudeza.

En realidad no hacemos nada, pero compartimos algo. Nos saludamos,  leemos la palabra de Dios en sango, la explicamos, la debatimos, cantamos, alguna vez preparamos alguna comida para ellos, algunas veces llevamos jabón o ropa, y otras, pasamos consulta con una misionera que es médico.

Lo que llevamos al salir por la puerta es el verdadero cariño, ese que se entrega desde el profundo agradecimiento, el realmente gratuito, porque, aparentemente, podríamos decir que ellos no tienen nada que ofrecernos.

Este es el último eslabón de la pobreza. El de los indignados. Los nadies, los que no se ven, los que no cuentan, los rechazados hasta dentro de los suyos. Y digo que son nadie, porque conocer las condiciones en las que viven es sentir verdaderamente que existen personas sobre la faz de la tierra a las que se les ha despojado cualquier hálito de dignidad. He visto entre sus muros gallinas y gallos que se pasean en mejores circunstancias que las personas que los cuidan.
Cárcel de Bangassou

En la puerta, como protocolo previo, un guardia borracho que es incapaz de mantenerse de pie, fiesta posterior a la paliza que ha propiciado a cualquiera de los presos, incapaces de defenderse de garrotes y autoridad.

Una celda mugrienta que los encierra durante el día, en plena oscuridad, mezclados con cualquier tipo de bicho viviente que pueda moverse entre los muros ajados y agrietados. Si no pagan el derecho de salir —5000 francos, unos 7 euros— solo podrán salir varias veces al día para ir al baño.

La primera vez que me paseaba por Bangassou, vi un brazo que salía por el espacio de un ladrillo hacia la calle, luchando por alcanzar un bocado que alguien desde fuera de la cárcel, intentaba alcanzarle.

Comida en la prisiónSe encoge el alma. Cuando encuentras a personas que nunca han tenido un juicio desde hace años que pudiera declararlos culpables, y no tienen demasiado claro por qué están ahí. O por tantas mujeres cansadas de vivir, con los años descansando en cada arruga, soportando calumnias y mentiras, fruto de la cultura de la brujería, que hace todavía más indefensas, a las mujeres indefensas de África.

Esas mujeres que cuando nos reunimos cada semana, no pueden sentarse en un banco y son obligadas a hacerlo en piedras, por el hecho de ser lo que son: mujeres.

En ocasiones privados de agua, normalmente privados de comida, sometidos a insultos y desprecios, constituidos como los sin nombre, los indignos.

Quizás, en este tiempo más o menos largo, en estas experiencias más o menos intensas, mis ojos se han acostumbrado a presenciar demasiadas cosas. Situaciones que a lo largo de todo el año jamás lograré ni podré describir cómo merecen, realidades que asustan a la ficción, pobreza que sangra desde la tierra… pero existe un escenario al que nunca podré acostumbrarme: el valle de lágrimas por el que pasan tantas personas en este mundo, al que asisto cada jueves de puntillas, aunque descalza, pisando tierra sagrada.

Porque el otro día, he de reconocer que salí con dolor en el corazón. Yo también estaba indignada. Aunque no quería reconocerlo, aunque  echaba la culpaba al sistema, dentro de mi había algo que me incomodaba. En lo profundo estaba buscando mi parte de culpa. Esa que quizás en lo remoto me hace cómplice: cuando vivo como vivo y otros no pueden hacerlo, cuando permito que situaciones tan humillantes ocurran, lavando de algún modo mi conciencia pero pasando en definitiva de largo.

Cuando… sabiendo que ellos son el último eslabón, estoy yo ahí, dentro, en alguna parte de la cadena.

¡Cómo quisiera uno librarse de la cadena!…

Esta comodidad me incomoda.

En estas reflexiones andaba mientras se acerca la Navidad, mientras pensaba que también Dios podría haberse indignado por ese pesebre insalubre que le prepararon para nacer, mientras me preguntaba sobre el papel de mi Dios en esta selva del mundo, mientras el típico balance que nos hacemos al final de cada año.. se cernía sobre mí.

¿Falta de esperanza? Puede.

Algo sin embargo ha ocurrido esta semana que ha arrojado luz y lágrimas. Me acercaba a la Maison de l’espoir —Casa de la Esperanza—. Para visitar a las mamás y papás que viven allí. Son personas acusadas de brujería, que no tienen adónde ir,   sus familias las rechazan, o no es seguro continuar en su barrio, porque ya no son bienvenidas.

Iba cantando dentro del coche —me ayuda a relajar tensiones— cuando una amable persona se precipita al borde del camino para levantar una rama que impedía que pudiera seguir avanzando. Bajo la música para saludarla y agradecerle tan bonito detalle, cuando me percato de que es una mamá que conozco bien, pues fue una de las primeras en recibirme en la prisión a mi llegada a Bangassou.

Hacía varias semanas que no me acercaba hasta la cárcel por exceso de trabajo, y durante ese tiempo habían dado una orden de gracia para liberar de golpe, sin ningún tipo de juicio, a 20 de los 50 presos.

Fue una sorpresa y una alegría encontrar a esta mujer tan lejos de aquel infierno. En seguida comprendí que era una de las “elegidas”.

Cuando grité todavía a lo lejos “Baramo mingi” —¡Te saludo!—, se arrojó a mis brazos llorando.

Primero, me gritaba enfadada por haber faltado a nuestra cita durante varios jueves, y luego, sus lágrimas de emoción agradecían lo que tanto —según ella— yo había hecho en su favor.

En momentos como este, a uno le importa poco que la otra persona esté sucia, maloliente o andrajosa. Así la recibí entre mis pobres brazos temblorosos y mis lágrimas contenidas.

Repetía continuamente en sango algo que me hizo volver a mis reflexiones sobre la Navidad. Literalmente traducido como: “Me has guardado en el Señor, con tu oración me has guardado en Él, mientras pedías mi liberación Él te ha escuchado”.

Y así ha sido. Como un milagro. En el tiempo en el que todo se hace nuevo, donde la vida puede renacer, una medida de gracia devuelve de golpe la dignidad perdida a veinte personas anónimas, que ya nunca más lo serán para mi historia.

Entonces sí. Ahora sí. Puede ser Navidad. Unas Navidades saladas.

Teresa Narbona Rodríguez, laica misionera
Bangassou, diciembre 2010

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