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La gratuidad de una presencia

1 marzo 2011

 
Existen opiniones de todos los gustos para la estación seca. Hay quien prefiere el sol, a pasarse el día entre el barro; los hay sin embargo,  quienes detestan el polvo campando a sus anchas por todos lados. Soy de las que adoran el nivel del agua en la cintura, para disfrutar de los paisajes de ensueño y de un baño refrescante.
Mientras me preparaba un café, y me disponía a escribir un rato, un remolino gigantesco de hojas secas ha llovido del cielo.

Un viento huracanado nos ha envuelto como presa entre sus garras, y se ha producido el milagro.
El agua que da vida nos ha bendecido. Una lluvia como hacía meses no veía, ha regado la ciudad de Bangassou.
He saltado de mi asiento para abrir los brazos y sentir cómo un torrente me empapaba. Me sentía viva, me siento viva; una profunda alegría me cala hasta los huesos.

Partir para responder a los planteamientos vitales, partir para responder a la llamada, partir para encontrarse, partir para “ayudar”, partir para apaciguar los fueguitos que te arden, partir, porque en definitiva, la única manera de encontrarse es salir de algún modo; partir y no sólo, romperse.

Así el tiempo se preña de razones. Ya brota entre los muros de hormigón abandonados, el futuro que nos aguarda. Y no viene sino a confirmar que el mundo es un mar de fueguitos. Acá o allá, existe  un fuego que, una vez avivado, no te abandonará jamás.


Vivir la experiencia de ser el extranjero, el diferente, observado en cada rincón, en cada gesto; ha levantado en ocasiones muros, y en otras, los ha derribado. La mirada que venía estrenando, se ha acostumbrado. Me prometí a mi misma que no dejaría que pasara, pero el tiempo es sabio. Ya no puedo mirar como la primera vez, sin sentir que algo mío ha brotado aquí, que existe algo de este lugar que  me acompañará siempre como gotitas de eternidad en danza, y un algo—imposible de explicar—que  nunca me podrán arrebatar. No puedo dejar de ser la otra, y sin embargo, las tierras ocres se embarran entre mis pies,  y las flores que planto van germinando en lo escondido, enredadas a nuestra vida cotidiana.
Nuestro afán activista y utilitario, obsesionado de titulitis no puede impedir cuestionarse continuamente: “¿qué he venido a hacer aquí? ¿en qué estoy ayudando? ¿soy útil?”
En ocasiones las respuestas pueden ser negativas, aunque a mí personalmente, ya no me importa. Muchos intentarán admirar o alabar a la vuelta las situaciones vividas en esta latitud de mundo. Algunos no entenderían nunca el verdadero motivo. No importa. No me importa. Estoy viva y eso es lo importante; la única respuesta.

 

La gratuidad de una presencia

Estar por estar. Estar porque me han llamado, pero sin ser imprescindible. Estar porque es un regalo, sin apropiarse de los privilegios inmerecidos; estar, porque solo estar, ya cambia la vida. Estar porque otros me acogen, y también quieren estar conmigo. Estar simplemente, para ser con el otro. Estar para conocer, para empaparme, para aprender, para dar, pero sobre todo, para recibir.
¿Es entonces… esa gran labor con la que muchos me aprecian?
El africano de a pie no suele tener muchas palabras. No te agota con argumentos ni con grandes discursos. Se acerca, te tiende la mano y se sienta a tu lado. Puede pasarse horas sin hablar mirando al infinito. Ahí está, a tu lado. Es su presencia—su vida—la que se te está entregando.
Este es uno de los muchos regalos que se me han depositado entre las manos: dar la gratuidad de mi presencia—tantas veces silenciosa— junto a estos que me acogen y me quieren.
Porque…¿qué palabras puedo tener para la abuela semidesnuda y desnutrida, acusada de brujería?¿ o para la persona que se consume en una cama de hospital? ¿y para el alumno que me confiesa que  no tiene padres en los que refugiarse?
En ocasiones tantas veces mis manos se sienten impotentes…tantas ocasiones las lágrimas ahogan el fuego que crepita en mi corazón… tantas veces me siento tan poco útil…
No vine a salvar a nadie y sin embargo África me está salvando de tantas cosas.
Esa es la gratuidad de una presencia. Porque si nunca hubiera visto ese sol naranja a la altura de mi pecho, recordándome que sale para privilegiados y olvidados, no conocería la esperanza. Si no hubiera conocido a Juanjo, a Rodrigue, a Juan José y Mariam, a Nicolás, a las franciscanas, a Fidèle, a Martín, a Arantza, a Alain, a Benjamin, a Yovane y Omar, a Marcela, a Sonia, a… —tantos nombres que presentaré al atardecer de la vida—si no hubiera visto nunca un baobab, si no hubiera encontrado la cruz—mi cruz— del Sur, si no hubiera echado de menos a tanta gente que nos cuida desde el norte, si no hubiera sentido en mi carne la vergüenza de tener cada día un plato abundante de comida sobre la mesa, si no hubiera reído en otro idioma y cultura, si no hubiera bailado delante de esa gente que esperaba un pequeño gesto para demostrarles que quiero ser una entre ellos…
Si no hubiera sentido la satisfacción de los jóvenes que me saludan con un “buenos días profesora”; si no hubiera alguien que me dijera “no te vayas”, si no sintiera el nudo en el estómago cuando voy atesorando las fotos, si no me hubieran pedido matrimonio en día de Navidad bajo la luna llena y el cielo preñado de estrellas en plena naturaleza… yo sería un poco menos yo.

“Lo que tengo, te doy”. La gratuidad de ser lo que soy, sin maquillaje ni escenarios… contigo.

 “¿cómo podré agradecer tanta bendición? (Salmo 116)

La gratuidad de mi presencia pobre, pero enamorada, en el continente de la Esperanza.

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Viaje a Ítaca

3 julio 2008

ÍTACA

Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimientos.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones y a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,cuando puedas invierte en voluptuosos
y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.

(Poesía de Kavafis)

    El verano puede ser un lugar de nuevas y ricas experiencias, soplos de aire oxigenante, puntos de inflexión, en los que nunca se sabe a ciencia cierta qué puede ocurrir más tarde.
Muchas son las personas especiales para mí, que este verano dedicarán parte de sus vacaciones y su tiempo a enfrentarse a sus propios miedos, saliendo de la cápsula que a veces nos envuelve, dando la vida en proyectos que sueñan esperanza, en ilusiones que dibujan un futuro incierto, personas a las que todavía no conocen, pero que estoy segura pisarán fuerte, dejando la marca imborrable de las empresas que realmente merecen la pena, las huellas que te guían hacía el viaje interior, donde se libran las batallas entre lo urgente y lo importante, donde la madeja se va desenredando dando paso a lo simple y bello.

Perú,tierra que enamora el corazón

    

   Hoy desato de nuevo el baúl de mis tesoros, los regalos que marcaron lo que hoy soy y sueño, lo que se me dio gratis a la espera de darme gratis. Este post quiero dedicarlo a todas estas personas que se irán dentro de poco. Llevadme con vosotros, quedaos conmigo. Que vuestro viaje a Ítaca sea rico en dones que se parten y se reparten, en vida, mucha vida, porque haces falta tú.

Perú,tierra que enamora el corazón

Bolivia, Guatemala, Mozambique, Etiopía… ¡hacen falta brazos!

Y yo, que aunque poco comprendo lo que significa Ítaca, la tengo siempre presente en la memoria.

“Ningún día es igual a otro, cada mañana tiene su milagro especial, su momento mágico, en el que se destruyen viejos universos y se crean nuevas estrellas” . A orillas del río piedra me senté y lloré. Paulo Coelho.

Un ángel en el infierno de Birmania

13 mayo 2008

Paz y bien,

no quería dejar de reflejar el artículo que he encontrado en internet de El  Periódico Digital, es sobre Ignacia, una hermana FMM (franciscana Misionera de María) que lleva bastante tiempo en Birmania, y está viviendo toda la situación actual que sufre el país; he conocido  la noticia por las llamadas de teléfono que han hecho a casa desde todos los puntos de España tras leer la noticia en el períodico de EL MUNDO (hay otra noticia sobre esta hermana), y querer aportar su granito de arena. Somos solidarios, se nos remueve el corazón, a la gente también le duelen los lejanos y desconocidos. Hoy no puedo más que dar gracias por Ignacia, y por tantas y tantas personas que dan su vida desde lo pequeño, hoy me siento orgullosa de “mis monjas”, perder la vida… para la salvarla, ¡efectivamente!

 

 Un ángel español en el infierno de Birmania

 

Por José Manuel Vidal

RD

Domingo, 11 de mayo 2008

 En Rangún la conocen como «el ángel de los leprosos». Su familia la llama cariñosamente «la jorobadita». La religiosa Ignacia Aramburu, de las Franciscanas Misioneras de María, se quedó encorvada de tanto cargar leprosos y ancianos a sus espaldas. Desde hace más de seis décadas. Hoy, esta otra Madre Teresa de 88 años es la única religiosa española que queda en la castigada y agitada Birmania. Para siempre, porque allí, entre los más pobres, quiere ser enterrada.

Atada a su silla de ruedas, sor Ignacia o sister Victoria, como la llaman los ancianos míseros recogidos en su residencia de Rangún, se emociona al relatar por teléfono (en los pocos momentos en que está operativo) la desolación del país. «Necesitamos mucha ayuda y muy urgente. Ya hay problemas con los alimentos. El precio de la bolsa de arroz se ha triplicado en los últimos días y la gente está empezando a pasar hambre. Por favor, ayúdennos», dice emocionada en una mezcla de inglés, francés y español.

Ignacia siempre quiso ser misionera e ir «a salvar muchas almas a la India». Y a pesar de la oposición de su familia, lo consiguió. Sólo que se fue un poco más allá, a Birmania, el país en el que pasó su vida y al que llegó con apenas 25 años.

Desde entonces, entregada a los más pobres de entre los pobres: los leprosos. Unos enfermos a los que se dedicó por completo. «Como no había médicos, era ella la que les iba recortando los órganos que se les caían. Solía decirnos que les dejaba unas orejitas muy monas», cuenta su sobrina-nieta, Elena Pérez Beraeche, desde su casa de San Sebastián.

También cuenta que su tía-abuela es una persona «muy fuerte, muy viva y nada ñoña, a la que le encantan los toros y la lucha libre y que entregó su vida a los demás, sin pedir nada a cambio para ella». Porque, para los demás, lleva muchos años pidiendo y recogiendo. «Es muy conocida en Rangún. La gente la venera y le entrega mucho dinero, porque se fía de ella y sabe que lo va a invertir en los pobres».

Ahora, mayor y enferma de la vesícula, pero con una cabeza perfecta, no ceja en su empeño. Y eso que su familia la sigue mimando. Su sobrina, por ejemplo, la va a ver dos veces al año y le lleva todo lo que puede. «Podía estar viviendo aquí supercómoda, pero no quiere ni oír hablar de volver a España», cuenta apenada Elena.

«Esta es mi casa. Aquí me siento útil, porque, en la vida, si no tienes responsabilidad, no tienes dignidad. Aquí he pasado toda mi vida y aquí quiero morir y ser enterrada, entre esta gente a la que llevo en el corazón», dice la hermana Ignacia con la voz entrecortada.

De hecho, su labor ha sido reconocida no sólo por el pueblo birmano, sino también por las autoridades españolas. El 13 de noviembre de 1987, los Reyes de España le entregaban en Bangkok el «lazo de Dama de la Orden de Isabel la Católica», como reconocimiento a su impagable labor. El mismo lazo que también le entregaron en el mismo acto a sor Josefa Fernández, la otra monja española que acompañó a sor Ignacia en Birmania durante más de 40 años.

La hermana Josefa regresó hace dos años a España, para ver a su familia, con la idea de regresar. Pero aquí se puso enferma y la congregación la obligó a quedarse. Ahora vive en el convento de Villamar (Burgos). Y desde allí asegura que «Ignacia es una mujer pequeñita pero fuerte y muy dinámica para su edad, que lo dio todo por los pobres. Está prendada de Birmania y allí se va a quedar para siempre».

Sor Josefa recuerda que «en el país hay unos cuantos ricos, muy ricos y muchísimos pobres pobrísimos, que hasta venden su sangre para poder comer». Y por supuesto, «no hay libertad y hasta, a veces, las autoridades nos insultaban, aunque la gente nos quiere y aprecia mucho». Igual que a su compañera, a sor Josefa también le encantaría poder volver al país: «Mi corazón se ha quedado allí y me gustaría que allí reposase también mi cuerpo, pero no va a ser posible. Ignacia tiene más suerte en eso que yo».

Tras el paso del ciclón Nargis, sor Ignacia hace falta en Rangún más que nunca. Para que los donativos puedan seguir llegando a los más pobres. Especialmente a los leprosos, a los ancianos y a los niños. «Los pobres no podrán salir adelante sin ayuda. Por favor, mándennos todo el dinero que puedan, para que mis ancianos y mis leprosos puedan seguir sobreviviendo», advierte sollozando desde la distancia.

Las ayudas pueden canalizarse a través de las Franciscanas Misioneras de María (http://www.fmm.org/). La congregación de la madre Ignacia fue fundada por María de la Pasión en 1877. Hoy, son 7.192 religiosas -436 en España-, presentes en 78 países. Fieles a su carisma de «continuar la misión de Cristo, enviado del Padre con la fuerza del Espíritu para llevar la buena noticia a los pobres». Un carisma que encarna a la perfección la madre Ignacia, el «ángel de los leprosos de Rangún».

 

Rescatando de la memoria II

15 abril 2008

No puedo evitarlo, emergen,resurgen,convergen… como un himno de acción de gracias, como una mirada hacia atrás que me recuerda las grandes cosas que Él ya hizo por mi, para así seguir confiando en las grandes cosas que seguirá haciendo.
Os pongo en antecedentes:
Agosto de 2006, río Ucayali, Selva del Amazonas por la zona peruana, salimos “de misión” a unos poblados cercanos a Santa ELena, la expedición iba a durar dos días, pero se nos estropeo la barca, (tardamos 4 días en regresar a nuestro poblado), en este video llevábamos solamente 8 horas de viaje en barca, y ya empezamos a notar la fatiga, menos mal que no sabíamos que nos aguardaban unas 15 horas más… desde luego fue una experiencia inolvidable, tanto por el miedo de navegar a la deriva de noche en plena selva, el hambre, la suciedad, la incertidumbre, paciencia…
Me quedo con los intensos momentos de amistad y confianza que forjamos, uno de ellos es este video,y ¡cómo no! paisajes increíbles, la belleza de la naturaleza brotando en todo su esplendor, no hay palabras para describirlo, vedlo ustedes mismos.
Hakuna Matata, ¡VIVE Y SÉ FELIZ!