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Echar raíces

11 noviembre 2010

Un día tuve una conversación con un misionero. De los que emocionan, de los que desarman. A sus ochenta y tantos años, ha recorrido varios continentes y ahora se encuentra en el corazón de África; donde me encuentro también yo.

Tarde de calor asfixiante, de las que no invitan a nada, que acaban convirtiéndose, sin embargo, en el pasaporte hacia las miradas profundas al interior, donde se cuecen las batallas importantes, las que realmente merece la pena luchar.

En este clima caluroso y pesado, animados por una buena taza de café, le lanzaba una pregunta tras otra, deseosa de saciar mi sed y empaparme de aquellos que quizás nunca salgan en los periódicos, de los que prefieren, en silencio, dar la vida y desgastarse por aquellos que —aún más seguro— nunca saldrán en los periódicos: los olvidados del mundo.

Con mirada grave, y precisión de experto relojero, desgranaba todos los años y lugares que lo habían habitado; que no eran pocos; ni los lugares, ni los años.

Hablaba de personas, de situaciones, de críos a los que vio nacer convertidos ya en abuelos…

Entre la maraña de emociones que se me agolpaban en el pecho, en esa admiración profunda del que ansía vivir derramándose; entre toda esa aventura, yo preguntaba: «¿Y no le dio pena dejar a la gente cada vez que cambiaba de misión?»

Y su voz de sabiduría me enseñaba: «Desprenderse nunca es fácil. Lo bueno es que, cuando uno se trasplanta, siempre se lleva tierrita de un lado para otro; llega la nueva vida, pero la anterior, las personas, también se quedan».

Será que, en cierta medida algo de eso me ocurre a mí. Lejos de ser la peregrina del mundo que sueño, tengo la dicha de haber habitado en varios lugares tremendamente diversos.

Y allá donde fui y donde vine, siempre me acompañó el proverbio:

“Donde Dios nos sembró,
es preciso saber florecer”.

Sí, después de casi un año, mi vida vuelve a tener raíces. Encontrarse en tierra de nadie, para encontrarse con la pregunta de quién es uno, es necesario; pero echarle un pulso al tiempo para germinar con el paisaje también.

Gracias además a este misionero que me recordó que, en la tarea de sembrar y florecer, uno lleva su tierrita de un lado para otro. Por eso me siento tan inexplicablemente desbordada, tan amada en la distancia por todos aquellos lugares que me han visto soñar y vivir, por tantas personas al hilo de nuestros pasos; en la retaguardia de nuestros desvelos.

El paisaje se ha vuelto tan cotidiano, tan nuestro…

Campanas a las cinco y media de la mañana. Cabras y cochinos que se pasean a diario por la puerta de mi despacho, ellos son, con el paso de los meses, la composición más perfecta de mi paisaje diario. Comidas rodeados de niños que no se cansan —¡desde hace un año!— de pedirme caramelos y bolígrafos. Clases de 50 alumnos. Clases sin libros. La creatividad y el ingenio que estamos desarrollando para hacer la educación dinámica y atractiva. Reuniones interminables en las que se debate si las tizas las deben guardar los profesores o los alumnos. Hacer la colada siempre a mano, y, por supuesto, la ropa que desaparece cada sábado tras la colada. El frigorífico de petróleo que no hay quien lo entienda. Los pasteles y las pizzas hechos en una cacerola. El cielo estrellado y el sol naranja a los que nunca me permitiré acostumbrarme…

Porque estoy en casa. Porque esta es mi casa. Por tantas raíces que se van adentrando en esta tierra, la de los sencillos, mezclándose con la tierrita que traía en mis alforjas, y sobre todo, por arraigarme y enraizarme con la persona que amo, en el lugar que soñamos.

¿Cómo podría yo agradecer tanta bendición?

Casi un año ya. El tiempo vuela sin piedad, sin dar oportunidad a veces de apresarlo, de amarrarlo.

Echar raíces. Algo precioso y necesario; significa confundirse con la savia, con la vida. Consciente soy de que arraigarse conlleva desprenderse. El tiempo en ocasiones despiadado, nos obligará antes de que queramos darnos cuenta, a cerrar alforjas y lanzar de nuevo amarras, a adentrarnos en otros mares, a secar de nuevo las raíces al sol…

Mi consuelo será llevar conmigo mucha de esta tierrita

¿Cómo podría yo agradecer tanta bendición?

Seguramente nunca esté a la altura, seguramente jamás mi pobreza pueda compensar la riqueza que se me entrega a manos llenas, paradójicamente, en el segundo país más pobre del mundo.

Soñaré y rezaré, sin embargo, por hacer mío uno de los fragmentos de El último encuentro:

Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son estas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera.

SÁNDOR MÁRAI, El último encuentro

Sí. Al final, cuando mi billete de privilegios y posibilidades me permita elegir de nuevo la manera y el cómo, cuando aún sin quererlo se ciernan sobre mí miradas de orgullo o aprobación… de nada habrá servido servir, si no es mi vida la que responde, no un año, o dos, sino…

la vida entera.

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Cruz del Sur

4 agosto 2010

Vivir entre la sencillez de los que apenas tienen nada material que ofrecer es un regalo enorme del que no dejo de aprender. No tienen luz, pero te brindan las estrellas.

Sólo entre la selva amazónica y la selva de Bangassou, he podido grabar en mis pupilas las noches más preciosas que jamás hubieran existido.

Estrellas elegantes y brillantes coronan el firmamento sin que las distracciones que ha creado el hombre puedan interferir en el baile de cada noche sobre el cielo. Entonces uno no tiene más remedio que mirar al cielo.

Hace unos años, en esa búsqueda constante de uno y de los otros, sentía que había “perdido el norte”. En aquel momento nunca pude llegar a imaginar lo importante que sería esta expresión popular para mí, y el valor que está llegando a tener. Yo creía que me perdía, y sin embargo no hacía más que acercarme al otro lado, para encontrarme con el sur, para encontrarme en el sur.

Yo me pregunto —dijo— si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un día encontrar la suya.

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY, El principito

Yo encontré la mía, la más pequeña de las constelaciones modernas, aunque con ello no deja de ser la más brillante. La cruz del sur. Según algunas culturas andinas, es un puente, una escalera hacía arriba y abajo, capaz de unir el mundo terrenal con el mundo de los dioses.

Entonces uno no tiene más remedio que mirar al cielo, y hallarse más que nunca en la tierra.

Yo vine no a encontrarme sólo con el sur, sino con su cruz. Cada noche, al contemplar ésta, mi constelación favorita, comprendo mejor que nunca por qué es la más brillante, por qué la más pequeña.

¡Cuántas cruces no sólo en el cielo, sino en la tierra!

La del huérfano, la de las viudas, las de las abuelas reconvertidas en madres, la del enfermo en fase terminal, la de las mujeres acusadas de brujería, la de los presos, las de todas las personas que comen una sola vez al día…

Paradójicamente, existe una cruz, la más brillante, compuesta por estrellas. Quizás venga a enseñarnos que hasta las cruces engendran luz, que no todo está perdido, que hasta las brújulas pueden un día perder el norte.

Hubo una vez una cruz, que ilumina y da Vida desde hace siglos…

Miradas desde el corazón

20 mayo 2010

¿De qué sirve estrenar la mirada en cada mirada, si no retiene con un guiño de vuelta?

¿Cómo amanecer contemplando siempre como la primera vez?

¿Cómo impedir que la mirada se acostumbre?

¿Cómo compartir ecos, versos no escritos, lienzos en movimiento, tesoros escondidos?

Renacer la mirada, creer para ver, más allá, soñar para realizar, y no sólo mirar, saberse mirada.

Ya no estreno la mirada. Las encuentro, las entrecruzo, las tomo y las siembro.

Que la torpe memoria no se lleve tanta vida, decolore estas pupilas, ciegue el recuerdo.

Lo que fue, lo que es, lo que siempre será.

Desde el corazón. El de África danzando, el mío cada vez más enamorado.

Que no se las lleve el viento, no. Que se queden, pero para siempre.

Puedes darle al play y mirar conmigo…

De la vida extraordinaria

3 mayo 2010

Los pequeños sentidos del camino, las pequeñas respuestas a las eternas preguntas, se van forjando en el día a día, en lo cotidiano. Pero a veces, decantar extraordinarios se torna en el aire fresco necesario para ir caminando, para hacer balance.

Para ver el bosque, en ocasiones es necesario alejarse del árbol.

Aquí no es fácil alejarse del árbol, que estamos en plena selva, pero aun así, voy tomando nuevas perspectivas y cambiando los ángulos desde los que mirar con estos ojos estrenándose aún.

Muchas cosas han pasado en el último tiempo. Y no exenta de dificultades, sigo inmensamente feliz.

La Pascua la pasé entre dos pueblos, Bema y Ngombe. A unos doscientos kilómetros de distancia, o mejor dicho, a unas cinco horas de distancia. Me fui con el grupo de misioneros Gran Rio: éramos catorce, entre los jóvenes y los religiosos.

El camino fue como un descenso a los infiernos —sí, soy andaluza, exagerada por naturaleza― pero cierto es que conducir entre agujeros y abismos ha sido una vivencia que no deseo volver a pasar. Los puentes son unos troncos móviles. Cuando se va a pasar por el puente, todos los pasajeros se bajan del coche, excepto el conductor. Si hay un accidente, que al menos sólo muera uno…

Una familia de Ngombe nos dejó literalmente su casa. Ellos se marcharon ―todavía no me ha quedado claro dónde se alojaron esos días― y nosotros la ocupamos. Toda una experiencia de vivir como. Este pueblecito, repleto de mangos por todos lados, donde no existen los pozos de agua, tiene al menos un río precioso que lo corteja de lado a lado.

Un paisaje de ensueño. Despertarte al alba con la vida que se cuece en el Mbomou, vislumbrar sin problemas la frontera, dos países separados por la pequeña corriente.

Fregamos, lavamos la ropa y nos duchamos en el río, y sobre todo, dábamos una tregua al calor sofocante jugando con los niños o simplemente nadando. Olía a libertad y a paz…

El primer día visitamos las chocitas para darnos a conocer ―aunque con esta cara pálida que tengo no hay problema― e invitar a la gente a los oficios. El resto de los días, Marcela ―la doctora argentina― estuvo pasando consulta. Había llevado bastantes medicamentos, y pudimos dar a muchas personas, pagando una cantidad simbólica.

Digo pudimos, porque aunque yo no tengo ni idea, estuve echándole una mano a preparar los tratamientos y explicar la posología ―ya sé decir en sango perfectamente «tómese una a la mañana, al mediodía y a la tarde», jeje―.

Como en cualquier parte del mundo, las noticias vuelan más rápido que los pájaros. Al día siguiente, cuando me levanté al amanecer y me dispuse a ir al baño, cogiendo el caminito ―por supuesto fuera de la casa― que conducía a la espesura de la selva, me daban los buenos días una cola interminable de personas esperando para la consulta. Y yo saludando con las palmas abiertas ―como es la costumbre― ¡con mi papel higiénico rosa en la mano y todo el mundo mirándome!

Hemos visto historias muy duras, enfermedades que podrían haberse evitado con unos medios mínimos de atención sanitaria, mucho dolor. ¡Cómo pedir un corazón de carne si lo que se necesita es un escudo que te ayude a no derrumbarte ante semejantes situaciones!

Con todo había momentos muy graciosos. Me sentía surrealista cuando algunas señoras me entregaban a modo de pago un pollo ―vivo, por supuesto―, huevos, plátanos, cacahuetes… aquello en lugar de una consulta médica parecía el mercado central.

Y mientras pasaba la mañana, la casa se iba llenando cada vez de más gente. Entraban por una puerta, por otra, se asomaban por la ventana… muchos de ellos ni siquiera sabían bien lo que tenían, es típico un «me duele el cuerpo». Para que la persona se fuese feliz, oye, pues les dábamos unas vitaminas, que nunca vienen mal.

Organizamos también algunos juegos con los niños. El fútbol nunca falla, y son muy buenos. Yo he desistido ante mi incapacidad de ponerme descalza. Pero verlos es también un placer.

Han sido días muy bonitos, de compartir la vida, de cocinar sobre tres piedras, de coger incluso el agua de la lluvia para poder desayunar… de acercarse un poco, muy poco, en un extraordinario, a la frontera donde está la gente que nos ha abierto de par en par la vida de sus cotidianos.

El viaje de vuelta también fue muy cansado y tenso, pero llegamos sanos y salvos.

Al día siguiente, otras trece horas en coche hacía Bangui. Llegaban los médicos que han estado este mes en Bangassou, y estuve acompañando al obispo.

Alucinaba con la manera de colarse en el aeropuerto, pues dentro sólo pueden estar las personas que llegan del avión y el personal que allí trabaja. Tranquilamente, sin ningún problema, íbamos depasando cualquier intento de control o de impedir nuestro paso a golpe de calendario. «¿Seguro que todavía no tienes calendario del 2010? ―decía Monseñor―. Ah bueno, pues mira, este es muy bonito, sale Bangassou… ¿lo quieres?»… y así entramos sin problemas.

Para poder agilizar la llegada a Bangassou y que los médicos pudieran empezar a organizar las operaciones lo antes posible, nos volvimos en un mini avión de las Naciones Unidas. Si lo de los calendarios me parecía surrealista, lo que me ocurrió con el avión no era para menos.

Yo, que venía cansada y algo pachucha del viaje anterior ―tenía la malaria, pero no lo sabía aún―, olvidé por completo llevarme a Bangui el pasaporte o cualquier documento que me identificara. Cuando me di cuenta me eché a temblar, ¿Cómo iba a volverme pal pueblo? Hablamos además de un aeropuerto de vuelos internacionales ―ojo al dato―.

Pues nada, saqué todas mis armas de mujer, y hablando un poquito en sango ―para ganar puntos―, sonriendo y prometiendo que iba a mandarle al jefe del avión un regalo cuando volviera, me monté sin más en el avión. La vista aérea de la selva es de una belleza difícil de describir ―como todo―.

Este mes se ha pasado increíble. Pasé de vivir sola a habitar la casa de Gran Hermano. ¡Qué bien acompañada he estado! Me han mimado mucho, todo hay que decirlo. Y eso hace bien. Un abrazote, un beso de vez en cuando… que ya sabéis que aquí se suele dar la mano únicamente. He aprendido mucho de los doctores. Han tenido un trabajo arduo que ha echado un pulso al clima, a las condiciones de trabajo y a la propia organización de todo el tema de consultas. Ha sido una labor extraordinaria.

Por mi parte, he aprendido muchísimo ―adquisición de culturilla general―, incluso he tenido el privilegio de asistir a algunas operaciones. Una experiencia tremendamente interesante.

Nos hemos reído también muchísimo. Así he renovado mi repertorio de chistes, y me he ahorrado de traducir al francés los que me sabía ―que ya he comprobado que no tienen el mismo efecto en el hombre africano―.

He sentido enormemente su marcha, aunque me quedo con Arantza, una enfermera del País Vasco que se estará aquí hasta el mes de agosto.

El segundo contenedor llegó por fin a su destino. Había dicho en el primero que este llegaría en dos semanas, y ha pasado un mes y medio. Ha habido problemas de transporte, pero finalmente llegó tan hermoso como siempre. Lo descargamos con el mismo entusiasmo y alegría que el anterior, aunque el agua se había colado por algunos agujeros, y algunas cositas están estropeadas.

Ahora estoy organizándolo y ordenándolo. Gracias por los saludos que escribís en las cajas; es muy bonito ver «¡Barala!» y poder leer así la dedicación y el amor que volcáis en la carga del container.

Y ya volviendo a lo cotidiano ―siempre hay que volver―, recuperada de la malaria, morenita, contenta; la vida sigue fluyendo.

El curso acabará pronto, y espero que de cara al año que viene, las clases de español vayan en aumento. Ahora tengo a mis niños preparando unos sketches; estoy deseando que llegue el día de la representación para verlos.

Gracias a todos los que también os coláis en mi bandeja de entrada con vuestros cotidianos y extraordinarios, gracias.

Un abrazo grande desde el corazón, mío y de África.

Será un izquierdo

30 marzo 2010

Mi compañero de camino, de vocación docente, siempre dice que hay que educar en las estrellas. Ayudar a los jóvenes a que lleguen a ser todo lo que están llamados a ser. Donde el límite es el cielo, y cada persona está llamada a brillar con luz propia.

Es una vocación maravillosa, una responsabilidad constante, acompañar vidas mientras las acoges en tus manos como el tesoro llevado en vasijas de barro. Modelable, frágil.

Pero tengo la impresión de que hay lugares en los que educar es más fácil que en otros, donde creer en el futuro no exige un esfuerzo titánico; lugares en los que un bolígrafo no constituye un tesoro, y en los que los libros pesan demasiado en la mochila.

Ahora soy yo la que tiene una pizarra como instrumento, como don. Cuando llego a clase, mis treinta alumnos se levantan para darme los buenos días, para sentarse a continuación todos a la vez en silencio, escrutándome con la mirada.

Tengo la sensación de que se preguntan si yo, venida del paraíso europeo, creo en ellos. Y yo, en esas milésimas de segundo que pudieran servirme de reflexión para la vida entera, también me pregunto si creo en ellos, en su enorme potencial, pero sobre todo en el futuro que los aguarda.

Y cuando eres el único que utiliza libro para la lección, cuando ni siquiera puedes permitirte el lujo de hacer fotocopias, o cuando pasas más de la mitad de la clase escribiendo en la pizarra cada enunciado, perdiendo un tiempo que podría ser precioso, creer en la educación cuesta.

Consciente de que en innumerables ocasiones son ellos los que me enseñan, ávidos de conocer, de saber, de seguir adelante, de luchar… he optado por quererlos.

Por quererlos pobremente, como yo sé. De momento mi logro es conocer sus nombres y sus apellidos ―aunque sea casi imposible pronunciarlos―; no optar por castigos que impliquen sujetar de rodillas enormes piedras sobre la cabeza, ni dibujar un marcador que sitúe a cada alumno en una posición ―desde el primero al último de la clase―. Vivir sencillamente con ellos, en medio de ellos, enseñándoles lo que yo sé, dejándome enseñar por todo lo que ellos saben.

Estos alumnos que, a pesar de recorrer grandes distancias a pie para llegar al instituto o de verse obligados a trabajar después de clase, tienen suerte. Cuentan con ciertas instalaciones, con clases diarias, con un seguimiento serio por parte de los profesores.

De primeras resulta cómico. Varias cañas de bambú como columnas, hojas como techo, troncos de madera cortados a modo de pupitre y una pizarra tímida en el rincón, que asegura que estás en un colegio.

Se trata de Yongofongo, y ese es su colegio.

Cuando lo cómico da paso al realismo, la frontera se abre un poco más. Yo, que ya me creía cerrando brechas, me vuelvo hacia el abismo.

Mi repertorio musical saca de improviso una de las preciosas letras de Silvio Rodríguez: “Si el saber no es un derecho, seguro será un izquierdo”.

Y entran ganas de llorar…

Pero como oigo a menudo por estos ocres ardientes: prohibido desanimarse. Y creo. Creo que el saber es un derecho, un derecho  no reservado a  unos cuantos. Y creo que otro mundo es posible, si nuestras manos unidas se ponen manos a la obra.

Bangassou no conoce las farolas. Durante el día se ilumina del sol abrasador, por la noche de las lamparillas de aceite o las hogueras que indican dónde hay una familia reunida al calor del fuego.

Mi casa tiene luz eléctrica las 24 horas del día. Todo un privilegio. Detrás de casa hay un tronco acostado, que sirve de banco. Uno de los primeros días de mi estancia en Bangassou, al mirar por la ventana hacia el tronco iluminado por la luz del porche, me asusté al vislumbrar una sombra inmóvil y en silencio. No una, varias.

Tuve el valor de acercarme en medio de la penumbra, y me quedé con la boca abierta. Varios jóvenes sentados sobre el tronco, libreta en mano. Aprovechando la luz que esta casa puede ofrecerles, estudiando. De noche. Al aire libre, en plena naturaleza, rodeados del silencio sonoro de la selva, con la luna como compañera.

Y entonces comprendí.

Esto es lo que mi compañero llama educarse en las estrellas.

En la frontera

5 febrero 2010

…Pero si alguna vez os pregunta alguien, u os gustaría decir que tenéis una conocida que duerme bajo un mosquitero, con el cuarto lleno de animalitos y está a punto de comer mono y termitas, decidle sobre todo que…

Bangassou, mes primero.

El corazón de África me está robando el corazón. El polvo del camino se adhiere a mis sandalias, a cada paso, un poco más. Cada vez resulta más complicado desteñir de ocre mis ropas, mi calzado ―ojalá también mis manos, si lograran embarrarse con el barro de la vida―; cada vez es más complicado separarme de esta tierra tan inmensamente rica y castigada.

Los senderos tortuosos, de baches y agujeros que sobrevienen sin previo aviso, se convierten así en una metáfora de la propia vida, de una lucha constante por conquistar el hoy y poder soñar el mañana.

El paisaje se reviste sin embargo de una belleza indescriptible.

Al borde del camino, aparentemente inmóviles, se suceden con majestuosidad y elegancia un abanico innumerable de árboles en eterna primavera. Mangos, papayas, plátanos, mandioca… la pacha mama que alivia y sustenta a los habitantes de esta tierra. Tierra ocre que todo lo impregna, con la que crear ladrillos para construir, en la que cultivar, en la que sembrar ¿el futuro?

La selva se torna de un atractivo y una magia extremos. Extendida por toda la ciudad, se reserva siempre una parte impenetrable, peligrosa incluso, misteriosa. Tengo la impresión de que ocurre del mismo con sus gentes, de mirada en ocasiones desafiante, seria, punzante. Me cruzo a diario con mujeres que no dicen nada pero que lo dicen todo, con niños que gritan en silencio por un poco de dulzura, aunque sea en forma de caramelo, con pesadas cargas, trasportadas en silencio sobre la cabeza, con unos ojos negros que te desarman a cada instante.

El río Mbomou atraviesa todo el pueblo de Bangassou. Se convierte así en el límite que separa la República Centroafricana del Congo. De este modo, cuando bajo al río mientras se pone el sol naranja ―siento que África me esperaba para atardecer conmigo― diviso, no muy lejos, una misma realidad, con distinto nombre. Siempre he estado ―aunque antes no lo sabía― en la frontera.

Existe una línea invisible; aunque trazada por el color de mi piel, por la ropa que visto, por el dinero de mi cartera, y por un billete de avión que en un momento dado me devolverá al confort y al bienestar que separa lo que en un principio podríamos llamar dos mundos diferentes, que se hacen abismo en una brújula que determina sin piedad el norte y el sur.

Una frontera invisible se hace paredón entre esta gente y yo. Soy consciente de que siempre seré una extranjera, de que nací con ciertos privilegios inmerecidos, de que yo no vengo a salvar a nadie. Aun así, es un reto y un regalo maravilloso ir desmenuzando poco a poco esta barrera. La de mis miedos, la de contemplar desde la línea tanto dolor y tantas historias rotas por las que sólo me atrevo a pasar de lado. La frontera del prejuicio, de la etiqueta fácil, de la falsa compasión que en el fondo me deja en la pasividad, en la desesperanza.

Aún desenraizada, trasplantada de una punta de la brújula a la otra, sin los asideros que me daban seguridad, sin tener todo bajo control, dejándome enseñar hasta en el detalle más pequeño, consciente de que mi sabiduría occidental no es aplicable en la inmensa mayoría de las necesidades prácticas del día a día en Bangassou. Es la lógica de toda ilógica. La que vino a enseñar, aprendiz de todo, necesitada de todo.

En una tierra que todavía me resulta tierra de nadie no puedo permanecer por mucho tiempo. Quiero echar raíces, quiero florecer con este paisaje de eterna primavera, quiero cruzar la frontera, siempre hacia el sur, hacia los favoritos, hacia el sol naranja a la altura del pecho.

Y si así fuera, se haría carne la canción:

«Yo no sé de dónde soy; mi casa está en la frontera y las fronteras se mueven como las banderas. Mi patria es un rinconcito, el canto de una cigarra, los primeros acordes que yo supe en la guitarra. Soy hijo de un forastero y de una estrella del alba… y si hay amor –me dijeron– toda distancia se salva.»

JORGE DREXLER, Frontera

Sería el desafío, hecho regalo.

, en la frontera