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Será un izquierdo

30 marzo 2010

Mi compañero de camino, de vocación docente, siempre dice que hay que educar en las estrellas. Ayudar a los jóvenes a que lleguen a ser todo lo que están llamados a ser. Donde el límite es el cielo, y cada persona está llamada a brillar con luz propia.

Es una vocación maravillosa, una responsabilidad constante, acompañar vidas mientras las acoges en tus manos como el tesoro llevado en vasijas de barro. Modelable, frágil.

Pero tengo la impresión de que hay lugares en los que educar es más fácil que en otros, donde creer en el futuro no exige un esfuerzo titánico; lugares en los que un bolígrafo no constituye un tesoro, y en los que los libros pesan demasiado en la mochila.

Ahora soy yo la que tiene una pizarra como instrumento, como don. Cuando llego a clase, mis treinta alumnos se levantan para darme los buenos días, para sentarse a continuación todos a la vez en silencio, escrutándome con la mirada.

Tengo la sensación de que se preguntan si yo, venida del paraíso europeo, creo en ellos. Y yo, en esas milésimas de segundo que pudieran servirme de reflexión para la vida entera, también me pregunto si creo en ellos, en su enorme potencial, pero sobre todo en el futuro que los aguarda.

Y cuando eres el único que utiliza libro para la lección, cuando ni siquiera puedes permitirte el lujo de hacer fotocopias, o cuando pasas más de la mitad de la clase escribiendo en la pizarra cada enunciado, perdiendo un tiempo que podría ser precioso, creer en la educación cuesta.

Consciente de que en innumerables ocasiones son ellos los que me enseñan, ávidos de conocer, de saber, de seguir adelante, de luchar… he optado por quererlos.

Por quererlos pobremente, como yo sé. De momento mi logro es conocer sus nombres y sus apellidos ―aunque sea casi imposible pronunciarlos―; no optar por castigos que impliquen sujetar de rodillas enormes piedras sobre la cabeza, ni dibujar un marcador que sitúe a cada alumno en una posición ―desde el primero al último de la clase―. Vivir sencillamente con ellos, en medio de ellos, enseñándoles lo que yo sé, dejándome enseñar por todo lo que ellos saben.

Estos alumnos que, a pesar de recorrer grandes distancias a pie para llegar al instituto o de verse obligados a trabajar después de clase, tienen suerte. Cuentan con ciertas instalaciones, con clases diarias, con un seguimiento serio por parte de los profesores.

De primeras resulta cómico. Varias cañas de bambú como columnas, hojas como techo, troncos de madera cortados a modo de pupitre y una pizarra tímida en el rincón, que asegura que estás en un colegio.

Se trata de Yongofongo, y ese es su colegio.

Cuando lo cómico da paso al realismo, la frontera se abre un poco más. Yo, que ya me creía cerrando brechas, me vuelvo hacia el abismo.

Mi repertorio musical saca de improviso una de las preciosas letras de Silvio Rodríguez: “Si el saber no es un derecho, seguro será un izquierdo”.

Y entran ganas de llorar…

Pero como oigo a menudo por estos ocres ardientes: prohibido desanimarse. Y creo. Creo que el saber es un derecho, un derecho  no reservado a  unos cuantos. Y creo que otro mundo es posible, si nuestras manos unidas se ponen manos a la obra.

Bangassou no conoce las farolas. Durante el día se ilumina del sol abrasador, por la noche de las lamparillas de aceite o las hogueras que indican dónde hay una familia reunida al calor del fuego.

Mi casa tiene luz eléctrica las 24 horas del día. Todo un privilegio. Detrás de casa hay un tronco acostado, que sirve de banco. Uno de los primeros días de mi estancia en Bangassou, al mirar por la ventana hacia el tronco iluminado por la luz del porche, me asusté al vislumbrar una sombra inmóvil y en silencio. No una, varias.

Tuve el valor de acercarme en medio de la penumbra, y me quedé con la boca abierta. Varios jóvenes sentados sobre el tronco, libreta en mano. Aprovechando la luz que esta casa puede ofrecerles, estudiando. De noche. Al aire libre, en plena naturaleza, rodeados del silencio sonoro de la selva, con la luna como compañera.

Y entonces comprendí.

Esto es lo que mi compañero llama educarse en las estrellas.

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