Posts Tagged ‘África’

Querida África

11 julio 2011


Siriri na nguia

Esta vez, esta carta, te la debo solo a ti.

A ti, que me has dado tanto, y me has quitado tanto que ya andaba sobrándome, gracias.
Sabemos cómo ha empezado todo: estar en el lugar adecuado, en el momento justo, confiar en la Providencia… y ¡plaf! Ya ha pasado un año y medio desde que me viste aparecer.

“Yo te conocía solo de oídas, pero ahora mis ojos te han visto” (Job 42,5)

Llegan con fuerza estos días los recuerdos de infancia en los que hacía pactos con mis compañeras del instituto, donde nos decíamos que iríamos a África, o los poster que pendían en las paredes de mi cuarto de estudiante, con niños africanos. Me siento tan poco merecedora y a la vez tan privilegiada… Un sueño alimentado durante años, que centuplica los fueguitos que arden bien adentro.

Ahora toca lo más difícil, empezar a decir adiós, des-acostumbrarse, soñar en ocres sobre el hormigón de la ciudad, creer que allá los árboles y las flores crecen a la velocidad vertiginosa con la que lo hacen en esta latitud del mundo.

Este lugar, llegado ya a ser cotidiano y desprovisto de exotismo, es mi casa. ¿Cómo pensar en dejarla? ¿Cómo no aferrarse a cada saludo, a cada atardecer?

Daniel Comboni decía que un verdadero misionero debía “vestir como ellos, comer como ellos, hablar como ellos”;  y no es por el gusto de sentirse misionero, sino por la necesidad de ser amado entre la gente que te acoge. La barrera cultural parece en ocasiones un abismo, es cierto; pero… ¡qué preciosidad saludarse con las cabezaditas tiernas! O desbaratar fronteras con mis brujitos, que a la consigna en sango de chúpame la mejilla, han aprendido a darme besos, o aquellos alumnos que te paran por la calle para darte las gracias por acompañarlos y quererlos. Estoy desbordada.

Yo nunca había visto a personas en fase terminal, a un enfermo de Sida, nunca había tocado a una persona enferma de lepra… ¡y cuánto he vivido en mi piel el encuentro de Francisco con el Leproso! Ellos no viven en mí en abstracto, ellos tienen un nombre y una estancia para siempre en mi corazón.

Estoy cansada. No sólo por todo el esfuerzo físico que demanda estar aquí, en este lugar tan desprovisto de cualquier tipo de maquinaria. Arrancar el coche es una proeza, lavar la ropa es toda una tarde, regar el jardín, arreglar en frigorífico empeñado en estropearse, intentar hacer ver a mis alumnos que mi casa no es el despacho, o atender a la cantidad de gente que suele agolparse a diario entre los barrotes de nuestra casa.

  Pero es ese cansancio que te da un puntito de  satisfacción y un mucho de plenitud cuando al caer la noche, al son de grillos, haces balance y te das cuenta de que eres una suertuda, que tu vida está llena de sentido y de personas, y que Él es quien todo hace posible.

Sin embargo te confieso que estoy muy triste. Que pensar en dejarte hace que las lágrimas quieran brotar a raudales. ¿Cómo puedo, allende, ser testimonio de la vida que brota por estos rincones?
Voy a echarte mucho de menos; pero no te preocupes, llevo la maleta a rebosar de telas, aquellas que me traerán siempre los colores de este continente de la esperanza.

Nuestro obispo siempre dice que África no deja indiferente, que África te transforma. Así me vivo yo, como agarrada por las manos del Alfarero, modelada en lo secreto. ¡Cuántas cosas he podido descubrir a lo largo de este tiempo sobre mi misma!
El trabajo, situaciones en las que nunca pensé que me vería, han ido transformando, suavemente, prejuicios y asperezas; con qué delicadeza me has acariciado, con cuánta paciencia y cariño me han tratado las personas que escogiste como anfitrionas.

Sí, creo que he madurado, creo que soy capaz de mirar a la vida de frente. ¿A dónde ya no podría mirar cuando has conocido la miseria del mundo? No tengo miedo ni ganas de esquivar la realidad sufriente a la que se encaran dos tercios de la población mundial, no me la han contado, la he visto yo.  Al contrario, existe un fuego, una llamada, siempre tan humilde como cierta, de hundir bien fuerte los pies en el barro, de comprometer la vida entera, y hacerlo para siempre.

Sin duda ha sido muy importante, fundante, acercarnos y conocer las condiciones de vida de nuestros hermanos en la cárcel, jóvenes carne de cañón, abandonados por su pueblo y por su gente, abuelitos huesudos consumidos por los garrotes de la injusticia, derechos humanos, tan torcidos… que hasta los renglones de Dios parecen por momentos, haber sido borrados.

Lo confieso, todavía no nos hemos marchado, y ya ando maquinando, planeando nuestro próximo encuentro. Habrá que seguir dejando a la Providencia actuar, luchar donde se pueda y como sea en lanzar nuestro granito de arena al viento, en dar voz a los acallados, oportunidad a los indignados.

“ Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti” (Salmo 137)

Te pongo en este tiempo en la cumbre de mis alegrías, gracias por todo, gracias por tanto.

Tuya ya, para siempre,

Anuncios

La gratuidad de una presencia

1 marzo 2011

 
Existen opiniones de todos los gustos para la estación seca. Hay quien prefiere el sol, a pasarse el día entre el barro; los hay sin embargo,  quienes detestan el polvo campando a sus anchas por todos lados. Soy de las que adoran el nivel del agua en la cintura, para disfrutar de los paisajes de ensueño y de un baño refrescante.
Mientras me preparaba un café, y me disponía a escribir un rato, un remolino gigantesco de hojas secas ha llovido del cielo.

Un viento huracanado nos ha envuelto como presa entre sus garras, y se ha producido el milagro.
El agua que da vida nos ha bendecido. Una lluvia como hacía meses no veía, ha regado la ciudad de Bangassou.
He saltado de mi asiento para abrir los brazos y sentir cómo un torrente me empapaba. Me sentía viva, me siento viva; una profunda alegría me cala hasta los huesos.

Partir para responder a los planteamientos vitales, partir para responder a la llamada, partir para encontrarse, partir para “ayudar”, partir para apaciguar los fueguitos que te arden, partir, porque en definitiva, la única manera de encontrarse es salir de algún modo; partir y no sólo, romperse.

Así el tiempo se preña de razones. Ya brota entre los muros de hormigón abandonados, el futuro que nos aguarda. Y no viene sino a confirmar que el mundo es un mar de fueguitos. Acá o allá, existe  un fuego que, una vez avivado, no te abandonará jamás.


Vivir la experiencia de ser el extranjero, el diferente, observado en cada rincón, en cada gesto; ha levantado en ocasiones muros, y en otras, los ha derribado. La mirada que venía estrenando, se ha acostumbrado. Me prometí a mi misma que no dejaría que pasara, pero el tiempo es sabio. Ya no puedo mirar como la primera vez, sin sentir que algo mío ha brotado aquí, que existe algo de este lugar que  me acompañará siempre como gotitas de eternidad en danza, y un algo—imposible de explicar—que  nunca me podrán arrebatar. No puedo dejar de ser la otra, y sin embargo, las tierras ocres se embarran entre mis pies,  y las flores que planto van germinando en lo escondido, enredadas a nuestra vida cotidiana.
Nuestro afán activista y utilitario, obsesionado de titulitis no puede impedir cuestionarse continuamente: “¿qué he venido a hacer aquí? ¿en qué estoy ayudando? ¿soy útil?”
En ocasiones las respuestas pueden ser negativas, aunque a mí personalmente, ya no me importa. Muchos intentarán admirar o alabar a la vuelta las situaciones vividas en esta latitud de mundo. Algunos no entenderían nunca el verdadero motivo. No importa. No me importa. Estoy viva y eso es lo importante; la única respuesta.

 

La gratuidad de una presencia

Estar por estar. Estar porque me han llamado, pero sin ser imprescindible. Estar porque es un regalo, sin apropiarse de los privilegios inmerecidos; estar, porque solo estar, ya cambia la vida. Estar porque otros me acogen, y también quieren estar conmigo. Estar simplemente, para ser con el otro. Estar para conocer, para empaparme, para aprender, para dar, pero sobre todo, para recibir.
¿Es entonces… esa gran labor con la que muchos me aprecian?
El africano de a pie no suele tener muchas palabras. No te agota con argumentos ni con grandes discursos. Se acerca, te tiende la mano y se sienta a tu lado. Puede pasarse horas sin hablar mirando al infinito. Ahí está, a tu lado. Es su presencia—su vida—la que se te está entregando.
Este es uno de los muchos regalos que se me han depositado entre las manos: dar la gratuidad de mi presencia—tantas veces silenciosa— junto a estos que me acogen y me quieren.
Porque…¿qué palabras puedo tener para la abuela semidesnuda y desnutrida, acusada de brujería?¿ o para la persona que se consume en una cama de hospital? ¿y para el alumno que me confiesa que  no tiene padres en los que refugiarse?
En ocasiones tantas veces mis manos se sienten impotentes…tantas ocasiones las lágrimas ahogan el fuego que crepita en mi corazón… tantas veces me siento tan poco útil…
No vine a salvar a nadie y sin embargo África me está salvando de tantas cosas.
Esa es la gratuidad de una presencia. Porque si nunca hubiera visto ese sol naranja a la altura de mi pecho, recordándome que sale para privilegiados y olvidados, no conocería la esperanza. Si no hubiera conocido a Juanjo, a Rodrigue, a Juan José y Mariam, a Nicolás, a las franciscanas, a Fidèle, a Martín, a Arantza, a Alain, a Benjamin, a Yovane y Omar, a Marcela, a Sonia, a… —tantos nombres que presentaré al atardecer de la vida—si no hubiera visto nunca un baobab, si no hubiera encontrado la cruz—mi cruz— del Sur, si no hubiera echado de menos a tanta gente que nos cuida desde el norte, si no hubiera sentido en mi carne la vergüenza de tener cada día un plato abundante de comida sobre la mesa, si no hubiera reído en otro idioma y cultura, si no hubiera bailado delante de esa gente que esperaba un pequeño gesto para demostrarles que quiero ser una entre ellos…
Si no hubiera sentido la satisfacción de los jóvenes que me saludan con un “buenos días profesora”; si no hubiera alguien que me dijera “no te vayas”, si no sintiera el nudo en el estómago cuando voy atesorando las fotos, si no me hubieran pedido matrimonio en día de Navidad bajo la luna llena y el cielo preñado de estrellas en plena naturaleza… yo sería un poco menos yo.

“Lo que tengo, te doy”. La gratuidad de ser lo que soy, sin maquillaje ni escenarios… contigo.

 “¿cómo podré agradecer tanta bendición? (Salmo 116)

La gratuidad de mi presencia pobre, pero enamorada, en el continente de la Esperanza.

Renacer

20 enero 2011

Con la sabiduría de los tiempos,
el olor del viento que se cuela en tus rendijas,
te bendiga la magia del momento.

Agrietado, cansado, y sin embargo, perfecto.
Ser del cielo en el suelo, sur de barro.

Primavera que modela deshojando.
Abierto a su destino de paradas y moradas,
de cascadas que sacian, de mañana nuevo.

Que arda el calendario y habitemos en destierro.

Te haces, me deshaces,
desbaratándonos en concierto de laúdes afinados.
Te deshaces, manos amorosas que modelan al compas del firmamento.

Buena nueva, que amanece, de ilusiones, esperanza.
Nueva luna, que ya mece, a la humanidad cansada.

Ha venido a conmemorar que entre el barro se fermenta
el vino nuevo

Imposible es nada, siempre a tiempo.

Suyo eres, de barro y cielo.

Te haces, te deshaces,
RENACES.

 

Cada día renaciendo a este amor. Mbi ye mo ahondoni, koli.

 

 

Indignados

24 diciembre 2010

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. Que no son, aunque sean. Que no habían idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

EDUARDO GALEANO, El libro de los abrazos

Cada jueves, hacia las cuatro, cuando la tarde se hace un poco más fresca, y el sol se viene encima, me dirijo hacia la cárcel de Bangassou. Son once meses en los que he visto pasar a muchísima gente. La mayoría, gracias a Dios, ya quedan como un recuerdo en mi corazón y en las fotos que voy atesorando en el ordenador, porque un día les dieron carta blanca para salir y desaparecer del mapa… y así lo hicieron. Nunca más los volví a ver, no sé dónde estarán, pero lo que es seguro es que estarán mucho mejor que en ese infierno con apellido de justicia y orden.

Otros, siguen todavía allí, saludándome cada jueves con cariño desmedido y efusivos abrazos, algo extraños dentro de esta cultura centroafricana; regañándome si alguna semana falto a nuestra cita obligada,  el resto… nuevos compañeros, que se van sumando semana tras semana, llegados de cualquier parte del país.

No vinimos a erigirnos en héroes ni en buenas personas. Intenté ir conociendo poco a poco las múltiples realidades que se viven en este rincón escondido del mundo, y la “Da ti kanga” —prisión— me atrajo desde el principio por su crudeza.

En realidad no hacemos nada, pero compartimos algo. Nos saludamos,  leemos la palabra de Dios en sango, la explicamos, la debatimos, cantamos, alguna vez preparamos alguna comida para ellos, algunas veces llevamos jabón o ropa, y otras, pasamos consulta con una misionera que es médico.

Lo que llevamos al salir por la puerta es el verdadero cariño, ese que se entrega desde el profundo agradecimiento, el realmente gratuito, porque, aparentemente, podríamos decir que ellos no tienen nada que ofrecernos.

Este es el último eslabón de la pobreza. El de los indignados. Los nadies, los que no se ven, los que no cuentan, los rechazados hasta dentro de los suyos. Y digo que son nadie, porque conocer las condiciones en las que viven es sentir verdaderamente que existen personas sobre la faz de la tierra a las que se les ha despojado cualquier hálito de dignidad. He visto entre sus muros gallinas y gallos que se pasean en mejores circunstancias que las personas que los cuidan.
Cárcel de Bangassou

En la puerta, como protocolo previo, un guardia borracho que es incapaz de mantenerse de pie, fiesta posterior a la paliza que ha propiciado a cualquiera de los presos, incapaces de defenderse de garrotes y autoridad.

Una celda mugrienta que los encierra durante el día, en plena oscuridad, mezclados con cualquier tipo de bicho viviente que pueda moverse entre los muros ajados y agrietados. Si no pagan el derecho de salir —5000 francos, unos 7 euros— solo podrán salir varias veces al día para ir al baño.

La primera vez que me paseaba por Bangassou, vi un brazo que salía por el espacio de un ladrillo hacia la calle, luchando por alcanzar un bocado que alguien desde fuera de la cárcel, intentaba alcanzarle.

Comida en la prisiónSe encoge el alma. Cuando encuentras a personas que nunca han tenido un juicio desde hace años que pudiera declararlos culpables, y no tienen demasiado claro por qué están ahí. O por tantas mujeres cansadas de vivir, con los años descansando en cada arruga, soportando calumnias y mentiras, fruto de la cultura de la brujería, que hace todavía más indefensas, a las mujeres indefensas de África.

Esas mujeres que cuando nos reunimos cada semana, no pueden sentarse en un banco y son obligadas a hacerlo en piedras, por el hecho de ser lo que son: mujeres.

En ocasiones privados de agua, normalmente privados de comida, sometidos a insultos y desprecios, constituidos como los sin nombre, los indignos.

Quizás, en este tiempo más o menos largo, en estas experiencias más o menos intensas, mis ojos se han acostumbrado a presenciar demasiadas cosas. Situaciones que a lo largo de todo el año jamás lograré ni podré describir cómo merecen, realidades que asustan a la ficción, pobreza que sangra desde la tierra… pero existe un escenario al que nunca podré acostumbrarme: el valle de lágrimas por el que pasan tantas personas en este mundo, al que asisto cada jueves de puntillas, aunque descalza, pisando tierra sagrada.

Porque el otro día, he de reconocer que salí con dolor en el corazón. Yo también estaba indignada. Aunque no quería reconocerlo, aunque  echaba la culpaba al sistema, dentro de mi había algo que me incomodaba. En lo profundo estaba buscando mi parte de culpa. Esa que quizás en lo remoto me hace cómplice: cuando vivo como vivo y otros no pueden hacerlo, cuando permito que situaciones tan humillantes ocurran, lavando de algún modo mi conciencia pero pasando en definitiva de largo.

Cuando… sabiendo que ellos son el último eslabón, estoy yo ahí, dentro, en alguna parte de la cadena.

¡Cómo quisiera uno librarse de la cadena!…

Esta comodidad me incomoda.

En estas reflexiones andaba mientras se acerca la Navidad, mientras pensaba que también Dios podría haberse indignado por ese pesebre insalubre que le prepararon para nacer, mientras me preguntaba sobre el papel de mi Dios en esta selva del mundo, mientras el típico balance que nos hacemos al final de cada año.. se cernía sobre mí.

¿Falta de esperanza? Puede.

Algo sin embargo ha ocurrido esta semana que ha arrojado luz y lágrimas. Me acercaba a la Maison de l’espoir —Casa de la Esperanza—. Para visitar a las mamás y papás que viven allí. Son personas acusadas de brujería, que no tienen adónde ir,   sus familias las rechazan, o no es seguro continuar en su barrio, porque ya no son bienvenidas.

Iba cantando dentro del coche —me ayuda a relajar tensiones— cuando una amable persona se precipita al borde del camino para levantar una rama que impedía que pudiera seguir avanzando. Bajo la música para saludarla y agradecerle tan bonito detalle, cuando me percato de que es una mamá que conozco bien, pues fue una de las primeras en recibirme en la prisión a mi llegada a Bangassou.

Hacía varias semanas que no me acercaba hasta la cárcel por exceso de trabajo, y durante ese tiempo habían dado una orden de gracia para liberar de golpe, sin ningún tipo de juicio, a 20 de los 50 presos.

Fue una sorpresa y una alegría encontrar a esta mujer tan lejos de aquel infierno. En seguida comprendí que era una de las “elegidas”.

Cuando grité todavía a lo lejos “Baramo mingi” —¡Te saludo!—, se arrojó a mis brazos llorando.

Primero, me gritaba enfadada por haber faltado a nuestra cita durante varios jueves, y luego, sus lágrimas de emoción agradecían lo que tanto —según ella— yo había hecho en su favor.

En momentos como este, a uno le importa poco que la otra persona esté sucia, maloliente o andrajosa. Así la recibí entre mis pobres brazos temblorosos y mis lágrimas contenidas.

Repetía continuamente en sango algo que me hizo volver a mis reflexiones sobre la Navidad. Literalmente traducido como: “Me has guardado en el Señor, con tu oración me has guardado en Él, mientras pedías mi liberación Él te ha escuchado”.

Y así ha sido. Como un milagro. En el tiempo en el que todo se hace nuevo, donde la vida puede renacer, una medida de gracia devuelve de golpe la dignidad perdida a veinte personas anónimas, que ya nunca más lo serán para mi historia.

Entonces sí. Ahora sí. Puede ser Navidad. Unas Navidades saladas.

Teresa Narbona Rodríguez, laica misionera
Bangassou, diciembre 2010

Echar raíces

11 noviembre 2010

Un día tuve una conversación con un misionero. De los que emocionan, de los que desarman. A sus ochenta y tantos años, ha recorrido varios continentes y ahora se encuentra en el corazón de África; donde me encuentro también yo.

Tarde de calor asfixiante, de las que no invitan a nada, que acaban convirtiéndose, sin embargo, en el pasaporte hacia las miradas profundas al interior, donde se cuecen las batallas importantes, las que realmente merece la pena luchar.

En este clima caluroso y pesado, animados por una buena taza de café, le lanzaba una pregunta tras otra, deseosa de saciar mi sed y empaparme de aquellos que quizás nunca salgan en los periódicos, de los que prefieren, en silencio, dar la vida y desgastarse por aquellos que —aún más seguro— nunca saldrán en los periódicos: los olvidados del mundo.

Con mirada grave, y precisión de experto relojero, desgranaba todos los años y lugares que lo habían habitado; que no eran pocos; ni los lugares, ni los años.

Hablaba de personas, de situaciones, de críos a los que vio nacer convertidos ya en abuelos…

Entre la maraña de emociones que se me agolpaban en el pecho, en esa admiración profunda del que ansía vivir derramándose; entre toda esa aventura, yo preguntaba: «¿Y no le dio pena dejar a la gente cada vez que cambiaba de misión?»

Y su voz de sabiduría me enseñaba: «Desprenderse nunca es fácil. Lo bueno es que, cuando uno se trasplanta, siempre se lleva tierrita de un lado para otro; llega la nueva vida, pero la anterior, las personas, también se quedan».

Será que, en cierta medida algo de eso me ocurre a mí. Lejos de ser la peregrina del mundo que sueño, tengo la dicha de haber habitado en varios lugares tremendamente diversos.

Y allá donde fui y donde vine, siempre me acompañó el proverbio:

“Donde Dios nos sembró,
es preciso saber florecer”.

Sí, después de casi un año, mi vida vuelve a tener raíces. Encontrarse en tierra de nadie, para encontrarse con la pregunta de quién es uno, es necesario; pero echarle un pulso al tiempo para germinar con el paisaje también.

Gracias además a este misionero que me recordó que, en la tarea de sembrar y florecer, uno lleva su tierrita de un lado para otro. Por eso me siento tan inexplicablemente desbordada, tan amada en la distancia por todos aquellos lugares que me han visto soñar y vivir, por tantas personas al hilo de nuestros pasos; en la retaguardia de nuestros desvelos.

El paisaje se ha vuelto tan cotidiano, tan nuestro…

Campanas a las cinco y media de la mañana. Cabras y cochinos que se pasean a diario por la puerta de mi despacho, ellos son, con el paso de los meses, la composición más perfecta de mi paisaje diario. Comidas rodeados de niños que no se cansan —¡desde hace un año!— de pedirme caramelos y bolígrafos. Clases de 50 alumnos. Clases sin libros. La creatividad y el ingenio que estamos desarrollando para hacer la educación dinámica y atractiva. Reuniones interminables en las que se debate si las tizas las deben guardar los profesores o los alumnos. Hacer la colada siempre a mano, y, por supuesto, la ropa que desaparece cada sábado tras la colada. El frigorífico de petróleo que no hay quien lo entienda. Los pasteles y las pizzas hechos en una cacerola. El cielo estrellado y el sol naranja a los que nunca me permitiré acostumbrarme…

Porque estoy en casa. Porque esta es mi casa. Por tantas raíces que se van adentrando en esta tierra, la de los sencillos, mezclándose con la tierrita que traía en mis alforjas, y sobre todo, por arraigarme y enraizarme con la persona que amo, en el lugar que soñamos.

¿Cómo podría yo agradecer tanta bendición?

Casi un año ya. El tiempo vuela sin piedad, sin dar oportunidad a veces de apresarlo, de amarrarlo.

Echar raíces. Algo precioso y necesario; significa confundirse con la savia, con la vida. Consciente soy de que arraigarse conlleva desprenderse. El tiempo en ocasiones despiadado, nos obligará antes de que queramos darnos cuenta, a cerrar alforjas y lanzar de nuevo amarras, a adentrarnos en otros mares, a secar de nuevo las raíces al sol…

Mi consuelo será llevar conmigo mucha de esta tierrita

¿Cómo podría yo agradecer tanta bendición?

Seguramente nunca esté a la altura, seguramente jamás mi pobreza pueda compensar la riqueza que se me entrega a manos llenas, paradójicamente, en el segundo país más pobre del mundo.

Soñaré y rezaré, sin embargo, por hacer mío uno de los fragmentos de El último encuentro:

Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son estas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera.

SÁNDOR MÁRAI, El último encuentro

Sí. Al final, cuando mi billete de privilegios y posibilidades me permita elegir de nuevo la manera y el cómo, cuando aún sin quererlo se ciernan sobre mí miradas de orgullo o aprobación… de nada habrá servido servir, si no es mi vida la que responde, no un año, o dos, sino…

la vida entera.

Cruz del Sur

4 agosto 2010

Vivir entre la sencillez de los que apenas tienen nada material que ofrecer es un regalo enorme del que no dejo de aprender. No tienen luz, pero te brindan las estrellas.

Sólo entre la selva amazónica y la selva de Bangassou, he podido grabar en mis pupilas las noches más preciosas que jamás hubieran existido.

Estrellas elegantes y brillantes coronan el firmamento sin que las distracciones que ha creado el hombre puedan interferir en el baile de cada noche sobre el cielo. Entonces uno no tiene más remedio que mirar al cielo.

Hace unos años, en esa búsqueda constante de uno y de los otros, sentía que había “perdido el norte”. En aquel momento nunca pude llegar a imaginar lo importante que sería esta expresión popular para mí, y el valor que está llegando a tener. Yo creía que me perdía, y sin embargo no hacía más que acercarme al otro lado, para encontrarme con el sur, para encontrarme en el sur.

Yo me pregunto —dijo— si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un día encontrar la suya.

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY, El principito

Yo encontré la mía, la más pequeña de las constelaciones modernas, aunque con ello no deja de ser la más brillante. La cruz del sur. Según algunas culturas andinas, es un puente, una escalera hacía arriba y abajo, capaz de unir el mundo terrenal con el mundo de los dioses.

Entonces uno no tiene más remedio que mirar al cielo, y hallarse más que nunca en la tierra.

Yo vine no a encontrarme sólo con el sur, sino con su cruz. Cada noche, al contemplar ésta, mi constelación favorita, comprendo mejor que nunca por qué es la más brillante, por qué la más pequeña.

¡Cuántas cruces no sólo en el cielo, sino en la tierra!

La del huérfano, la de las viudas, las de las abuelas reconvertidas en madres, la del enfermo en fase terminal, la de las mujeres acusadas de brujería, la de los presos, las de todas las personas que comen una sola vez al día…

Paradójicamente, existe una cruz, la más brillante, compuesta por estrellas. Quizás venga a enseñarnos que hasta las cruces engendran luz, que no todo está perdido, que hasta las brújulas pueden un día perder el norte.

Hubo una vez una cruz, que ilumina y da Vida desde hace siglos…

Lleno de nombres

10 julio 2010

Al atardecer de la vida me preguntarán …¿Has amado?

Yo guardaré silencio    … y presentaré un corazón lleno de nombres.

Miradas desde el corazón

20 mayo 2010

¿De qué sirve estrenar la mirada en cada mirada, si no retiene con un guiño de vuelta?

¿Cómo amanecer contemplando siempre como la primera vez?

¿Cómo impedir que la mirada se acostumbre?

¿Cómo compartir ecos, versos no escritos, lienzos en movimiento, tesoros escondidos?

Renacer la mirada, creer para ver, más allá, soñar para realizar, y no sólo mirar, saberse mirada.

Ya no estreno la mirada. Las encuentro, las entrecruzo, las tomo y las siembro.

Que la torpe memoria no se lleve tanta vida, decolore estas pupilas, ciegue el recuerdo.

Lo que fue, lo que es, lo que siempre será.

Desde el corazón. El de África danzando, el mío cada vez más enamorado.

Que no se las lleve el viento, no. Que se queden, pero para siempre.

Puedes darle al play y mirar conmigo…

De la vida extraordinaria

3 mayo 2010

Los pequeños sentidos del camino, las pequeñas respuestas a las eternas preguntas, se van forjando en el día a día, en lo cotidiano. Pero a veces, decantar extraordinarios se torna en el aire fresco necesario para ir caminando, para hacer balance.

Para ver el bosque, en ocasiones es necesario alejarse del árbol.

Aquí no es fácil alejarse del árbol, que estamos en plena selva, pero aun así, voy tomando nuevas perspectivas y cambiando los ángulos desde los que mirar con estos ojos estrenándose aún.

Muchas cosas han pasado en el último tiempo. Y no exenta de dificultades, sigo inmensamente feliz.

La Pascua la pasé entre dos pueblos, Bema y Ngombe. A unos doscientos kilómetros de distancia, o mejor dicho, a unas cinco horas de distancia. Me fui con el grupo de misioneros Gran Rio: éramos catorce, entre los jóvenes y los religiosos.

El camino fue como un descenso a los infiernos —sí, soy andaluza, exagerada por naturaleza― pero cierto es que conducir entre agujeros y abismos ha sido una vivencia que no deseo volver a pasar. Los puentes son unos troncos móviles. Cuando se va a pasar por el puente, todos los pasajeros se bajan del coche, excepto el conductor. Si hay un accidente, que al menos sólo muera uno…

Una familia de Ngombe nos dejó literalmente su casa. Ellos se marcharon ―todavía no me ha quedado claro dónde se alojaron esos días― y nosotros la ocupamos. Toda una experiencia de vivir como. Este pueblecito, repleto de mangos por todos lados, donde no existen los pozos de agua, tiene al menos un río precioso que lo corteja de lado a lado.

Un paisaje de ensueño. Despertarte al alba con la vida que se cuece en el Mbomou, vislumbrar sin problemas la frontera, dos países separados por la pequeña corriente.

Fregamos, lavamos la ropa y nos duchamos en el río, y sobre todo, dábamos una tregua al calor sofocante jugando con los niños o simplemente nadando. Olía a libertad y a paz…

El primer día visitamos las chocitas para darnos a conocer ―aunque con esta cara pálida que tengo no hay problema― e invitar a la gente a los oficios. El resto de los días, Marcela ―la doctora argentina― estuvo pasando consulta. Había llevado bastantes medicamentos, y pudimos dar a muchas personas, pagando una cantidad simbólica.

Digo pudimos, porque aunque yo no tengo ni idea, estuve echándole una mano a preparar los tratamientos y explicar la posología ―ya sé decir en sango perfectamente «tómese una a la mañana, al mediodía y a la tarde», jeje―.

Como en cualquier parte del mundo, las noticias vuelan más rápido que los pájaros. Al día siguiente, cuando me levanté al amanecer y me dispuse a ir al baño, cogiendo el caminito ―por supuesto fuera de la casa― que conducía a la espesura de la selva, me daban los buenos días una cola interminable de personas esperando para la consulta. Y yo saludando con las palmas abiertas ―como es la costumbre― ¡con mi papel higiénico rosa en la mano y todo el mundo mirándome!

Hemos visto historias muy duras, enfermedades que podrían haberse evitado con unos medios mínimos de atención sanitaria, mucho dolor. ¡Cómo pedir un corazón de carne si lo que se necesita es un escudo que te ayude a no derrumbarte ante semejantes situaciones!

Con todo había momentos muy graciosos. Me sentía surrealista cuando algunas señoras me entregaban a modo de pago un pollo ―vivo, por supuesto―, huevos, plátanos, cacahuetes… aquello en lugar de una consulta médica parecía el mercado central.

Y mientras pasaba la mañana, la casa se iba llenando cada vez de más gente. Entraban por una puerta, por otra, se asomaban por la ventana… muchos de ellos ni siquiera sabían bien lo que tenían, es típico un «me duele el cuerpo». Para que la persona se fuese feliz, oye, pues les dábamos unas vitaminas, que nunca vienen mal.

Organizamos también algunos juegos con los niños. El fútbol nunca falla, y son muy buenos. Yo he desistido ante mi incapacidad de ponerme descalza. Pero verlos es también un placer.

Han sido días muy bonitos, de compartir la vida, de cocinar sobre tres piedras, de coger incluso el agua de la lluvia para poder desayunar… de acercarse un poco, muy poco, en un extraordinario, a la frontera donde está la gente que nos ha abierto de par en par la vida de sus cotidianos.

El viaje de vuelta también fue muy cansado y tenso, pero llegamos sanos y salvos.

Al día siguiente, otras trece horas en coche hacía Bangui. Llegaban los médicos que han estado este mes en Bangassou, y estuve acompañando al obispo.

Alucinaba con la manera de colarse en el aeropuerto, pues dentro sólo pueden estar las personas que llegan del avión y el personal que allí trabaja. Tranquilamente, sin ningún problema, íbamos depasando cualquier intento de control o de impedir nuestro paso a golpe de calendario. «¿Seguro que todavía no tienes calendario del 2010? ―decía Monseñor―. Ah bueno, pues mira, este es muy bonito, sale Bangassou… ¿lo quieres?»… y así entramos sin problemas.

Para poder agilizar la llegada a Bangassou y que los médicos pudieran empezar a organizar las operaciones lo antes posible, nos volvimos en un mini avión de las Naciones Unidas. Si lo de los calendarios me parecía surrealista, lo que me ocurrió con el avión no era para menos.

Yo, que venía cansada y algo pachucha del viaje anterior ―tenía la malaria, pero no lo sabía aún―, olvidé por completo llevarme a Bangui el pasaporte o cualquier documento que me identificara. Cuando me di cuenta me eché a temblar, ¿Cómo iba a volverme pal pueblo? Hablamos además de un aeropuerto de vuelos internacionales ―ojo al dato―.

Pues nada, saqué todas mis armas de mujer, y hablando un poquito en sango ―para ganar puntos―, sonriendo y prometiendo que iba a mandarle al jefe del avión un regalo cuando volviera, me monté sin más en el avión. La vista aérea de la selva es de una belleza difícil de describir ―como todo―.

Este mes se ha pasado increíble. Pasé de vivir sola a habitar la casa de Gran Hermano. ¡Qué bien acompañada he estado! Me han mimado mucho, todo hay que decirlo. Y eso hace bien. Un abrazote, un beso de vez en cuando… que ya sabéis que aquí se suele dar la mano únicamente. He aprendido mucho de los doctores. Han tenido un trabajo arduo que ha echado un pulso al clima, a las condiciones de trabajo y a la propia organización de todo el tema de consultas. Ha sido una labor extraordinaria.

Por mi parte, he aprendido muchísimo ―adquisición de culturilla general―, incluso he tenido el privilegio de asistir a algunas operaciones. Una experiencia tremendamente interesante.

Nos hemos reído también muchísimo. Así he renovado mi repertorio de chistes, y me he ahorrado de traducir al francés los que me sabía ―que ya he comprobado que no tienen el mismo efecto en el hombre africano―.

He sentido enormemente su marcha, aunque me quedo con Arantza, una enfermera del País Vasco que se estará aquí hasta el mes de agosto.

El segundo contenedor llegó por fin a su destino. Había dicho en el primero que este llegaría en dos semanas, y ha pasado un mes y medio. Ha habido problemas de transporte, pero finalmente llegó tan hermoso como siempre. Lo descargamos con el mismo entusiasmo y alegría que el anterior, aunque el agua se había colado por algunos agujeros, y algunas cositas están estropeadas.

Ahora estoy organizándolo y ordenándolo. Gracias por los saludos que escribís en las cajas; es muy bonito ver «¡Barala!» y poder leer así la dedicación y el amor que volcáis en la carga del container.

Y ya volviendo a lo cotidiano ―siempre hay que volver―, recuperada de la malaria, morenita, contenta; la vida sigue fluyendo.

El curso acabará pronto, y espero que de cara al año que viene, las clases de español vayan en aumento. Ahora tengo a mis niños preparando unos sketches; estoy deseando que llegue el día de la representación para verlos.

Gracias a todos los que también os coláis en mi bandeja de entrada con vuestros cotidianos y extraordinarios, gracias.

Un abrazo grande desde el corazón, mío y de África.

Será un izquierdo

30 marzo 2010

Mi compañero de camino, de vocación docente, siempre dice que hay que educar en las estrellas. Ayudar a los jóvenes a que lleguen a ser todo lo que están llamados a ser. Donde el límite es el cielo, y cada persona está llamada a brillar con luz propia.

Es una vocación maravillosa, una responsabilidad constante, acompañar vidas mientras las acoges en tus manos como el tesoro llevado en vasijas de barro. Modelable, frágil.

Pero tengo la impresión de que hay lugares en los que educar es más fácil que en otros, donde creer en el futuro no exige un esfuerzo titánico; lugares en los que un bolígrafo no constituye un tesoro, y en los que los libros pesan demasiado en la mochila.

Ahora soy yo la que tiene una pizarra como instrumento, como don. Cuando llego a clase, mis treinta alumnos se levantan para darme los buenos días, para sentarse a continuación todos a la vez en silencio, escrutándome con la mirada.

Tengo la sensación de que se preguntan si yo, venida del paraíso europeo, creo en ellos. Y yo, en esas milésimas de segundo que pudieran servirme de reflexión para la vida entera, también me pregunto si creo en ellos, en su enorme potencial, pero sobre todo en el futuro que los aguarda.

Y cuando eres el único que utiliza libro para la lección, cuando ni siquiera puedes permitirte el lujo de hacer fotocopias, o cuando pasas más de la mitad de la clase escribiendo en la pizarra cada enunciado, perdiendo un tiempo que podría ser precioso, creer en la educación cuesta.

Consciente de que en innumerables ocasiones son ellos los que me enseñan, ávidos de conocer, de saber, de seguir adelante, de luchar… he optado por quererlos.

Por quererlos pobremente, como yo sé. De momento mi logro es conocer sus nombres y sus apellidos ―aunque sea casi imposible pronunciarlos―; no optar por castigos que impliquen sujetar de rodillas enormes piedras sobre la cabeza, ni dibujar un marcador que sitúe a cada alumno en una posición ―desde el primero al último de la clase―. Vivir sencillamente con ellos, en medio de ellos, enseñándoles lo que yo sé, dejándome enseñar por todo lo que ellos saben.

Estos alumnos que, a pesar de recorrer grandes distancias a pie para llegar al instituto o de verse obligados a trabajar después de clase, tienen suerte. Cuentan con ciertas instalaciones, con clases diarias, con un seguimiento serio por parte de los profesores.

De primeras resulta cómico. Varias cañas de bambú como columnas, hojas como techo, troncos de madera cortados a modo de pupitre y una pizarra tímida en el rincón, que asegura que estás en un colegio.

Se trata de Yongofongo, y ese es su colegio.

Cuando lo cómico da paso al realismo, la frontera se abre un poco más. Yo, que ya me creía cerrando brechas, me vuelvo hacia el abismo.

Mi repertorio musical saca de improviso una de las preciosas letras de Silvio Rodríguez: “Si el saber no es un derecho, seguro será un izquierdo”.

Y entran ganas de llorar…

Pero como oigo a menudo por estos ocres ardientes: prohibido desanimarse. Y creo. Creo que el saber es un derecho, un derecho  no reservado a  unos cuantos. Y creo que otro mundo es posible, si nuestras manos unidas se ponen manos a la obra.

Bangassou no conoce las farolas. Durante el día se ilumina del sol abrasador, por la noche de las lamparillas de aceite o las hogueras que indican dónde hay una familia reunida al calor del fuego.

Mi casa tiene luz eléctrica las 24 horas del día. Todo un privilegio. Detrás de casa hay un tronco acostado, que sirve de banco. Uno de los primeros días de mi estancia en Bangassou, al mirar por la ventana hacia el tronco iluminado por la luz del porche, me asusté al vislumbrar una sombra inmóvil y en silencio. No una, varias.

Tuve el valor de acercarme en medio de la penumbra, y me quedé con la boca abierta. Varios jóvenes sentados sobre el tronco, libreta en mano. Aprovechando la luz que esta casa puede ofrecerles, estudiando. De noche. Al aire libre, en plena naturaleza, rodeados del silencio sonoro de la selva, con la luna como compañera.

Y entonces comprendí.

Esto es lo que mi compañero llama educarse en las estrellas.