Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Balance

4 noviembre 2015

Creo que hacía aproximadamente un año que no abría mi blog… sí, la última entrada casi por estas fechas, para cerrar el 2014 y darle la bienvenida al 2015. Ahora ya debería estar casi dando paso al 2016… ¡se pasan los años como vuelo de mariposas!

 

Inevitablemente, aunque con miedo, he dado marcha atrás en cada una de las páginas que componen este anal; mi presentación data de marzo de 2008, ¡casi 8 años! Si alguien ha ido siguiendo un poco el blog habrá podido constatar que aquella presentación poco tiene que ver con la mujer que hoy soy, ¿o sí?

No lo sé, me planteo demasiadas cosas, o ninguna. Cerrar, actualizar, borrar entrada que ahora me dan cierta vergüenza o que ya no siquiera tienen fotos…¿qué debo hacer? ¿debería dejar abierta al mundo esta ventana de mis intimidades, de reflexiones que me hicieron crecer, o curar, o desahogar?

Si es ahora que por casualidad del mundo cibernético al que estamos enganchado es ahora que das con “buscandotushuellas”, debes saber que abrí este blog en un momento de búsqueda personal de mi camino exterior e interior, cuando deje casa tierra y heredad para saber si la llamada de Dios era mi camino, y ahora me encuentro felizmente casada y con dos preciosos hijos, que son los que pueblan las horas, los días y sobretodo las noches de mi vida cotidiana.

Quizás te preguntes qué ha pasado en estos 8 años para llegar a donde estoy hoy. Pues lo de siempre. Aunque a veces creo que ya no me reconozco, que no sé quién soy o quién fui… me doy cuenta releyendo el blog en estos últimos años, de que intento vivir la vida a golpe de corazón.

Sin demasiadas dilaciones, las decisiones se toman cuando un primer impulso de Juventud y locura da paso a un corazón caldeado e ilusionado que siente que ese es el momento, el lugar y el hecho que hay que atender.

 

Mi experiencia fundante se dio en el sur, en Centroáfrica, ese lugar que sueño y me sueña desde que tengo uso de razón, y otras tantas ciudades también son testigos de mi vida tan ordinaria como apasionante la estoy haciendo.

Pero acabo de plantarme en los 30, y eso impone. Impone que ya puedes haber vivido un tercio ( o más ) de tu existencia en esta tierra. Impone que para los tiempos que corren eres muy joven para haber dado a luz a dos preciosas personitas que son tu total responsabilidad y que te necesitan 24 horas al día.

Impone también haber dedicado ¾ partes de tu vida a formarte… y verte así, sin trabajo y sin demasiadas esperanzas en el horizonte presente.

Impone también darte cuenta, una vez que maduras de tantas heridas y cicatrices que pueblan tu piel y tus adentros, fruto de la fragilidad del hombre y de tu propia pobreza humana. A decir verdad no pasa nada, sé y soy consciente de que cada una me ha ayudado a crecer y a ser quién no sé en estos momentos, pero lo soy.

 

Hay que hacer algo…es lo que en mi balance me viene a la mente y el corazón. Nuevos propósitos aprovechando el año que huye y el que se está ya precipitando, nuevas formas de reinventarse aprovechando que tenemos dos hijos que nos “obligan” a ser como niños otra vez, nuevos retos y nuevos precipicios.

¿Qué sentido tiene ir consumiendo los años y la vida con un peso y sentimiento de mediocridad que te van anquilosando y apoderándose de ti?

Creo que, en este privilegio inmerecido de poder elegir, la vida me pide que vuelva a desacomodarme, a desplegar alas, a desafiar al desánimo, a interpelar al destino, a ser Yo con mayúsculas (quien quiera que sea…).

Y todo esto lo escribo aquí, sobre una moqueta acompañando a mi hijo mayor (de 2 años) que tienen 39 de fiebre y no puede dormirse solito…

No son reflexiones de ceño fruncido y mirada intensa al infinito, no vienen con fotos de paisajes otoñales o atardeceres de ensueño… se trata de negro sobre blanco en mis 30 años recién cumplidos que desean dejar salir al caballo desbocado que tiene ganas de galopar y vivir.

En lo más cotidiano de aquella que siempre deseo vivir permanentemente en extraordinario seguiré reflexionando sobre el rumbo de mi blog…o mi vida. Algún día quizás teclees y ya no esté, puede que esté haciendo cosas más interesantes, o que haya dado paso a una nueva página en mi vida.

Por cierto, “buscandotushuellas”, es por la búsqueda de las huellas de Dios, aún seguimos ahí, en este momento con el rastro un poco más perdido… seguiremos en la búsqueda.

 

 

Ya se va…ya viene

31 diciembre 2014

El fin de año huele a compras, enhorabuenas y postales con votos de renovación. Y yo que sé del otro mundo que pide vida en los portales, me doy a hacer una canción.

(Silvio Rodríguez , canción de fin de año)

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Ya se va, ya viene otro. Irremediablemente los años se resbalan de las manos tan rápido como vuelan las hojas del calendario alentadas por un crudo y frío invierno.

Año tras año vuelvo a hacer balance, a no atreverme con un propósito de año nuevo ,y sin embargo siempre sucumbo. El de este… me lo reservo. Quizás a la vuelta de la esquina, cuando de nuevo estemos a 31 de diciembre, desvele su éxito o fracaso, quién sabe. Lo cierto es que la vida apremia, a cocinar despacio, a aprender rápido, a ir siempre adelante, a ser el primero… aunque sea de la cola del paro… a besar apasionado, a reír sin remedio, a saltar en la cama, a despeinarse bailando, a creer…aunque aún sea invierno…

Y yo… que sé del otro mundo, me gustaría vivir en una canción; esa que huele a libertad, a espíritu indómito y aires de habitar lo imposible, aquello que el corazón hambrea y las prisas o el cansancio se empeñan en desterrar.

Para este nuevo tiempo deseo tararear, descubrir que los milagros  son para uno, que los niños son quienes más enseñan y aprenden, que lo mejor siempre está por llegar. Así, sin más cantinela, sin más dilación, sin fuegos artificiales, aunque emborrachada de amor, de ese compañero que el Destino se escogió, aprieto fuerte las manos, hoy alzó mi oración, despido lo viejo y me abro a lo nuevo, doy gracias y anhelo, señal de que, aunque ya peine canas y vista arrugas, aún sigo viva.

Este año promete, seguir dando vida, seguir consolidando familia, seguir soñando y apostando, seguir creyendo para que todo se haga yelmo, seguir, seguir.

Feliz, recién nacer, ¡no perdamos el amanecer!

TeSs

5 meses

30 enero 2014

IMG_8234“Eres un recién llegado y yo ya soy tu aprendiz”(Ismael Serrano)

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Me apetece escribir, tengo ganas de escribir, ¡NECESITO ESCRIBIR! Las palabras han sabido a menudo brotar más libres de mis dedos que de mis labios torpes. Las tengo a punto de hacerse añicos en un millón de interjecciones, onomatopeyas e incongruencias varias. Pero no me importa.

Para mi han sido siempre como el grito que uno desahoga en la ventana, aunque no lo haga bien. No me importa.

Y es que… (con perdón del monotema padresprimerizos), releo los  últimos post escritos y me da un vuelo el corazón. Una vida puesta patas arribas, en el mejor de los sentidos, que han desbordado todas las expectativas y ha puesto a prueba paciencia y amor.

¡Benditos 50 centímetros de ternura y suavidad!

La Dulce espera terminó, haciéndose todo nuevo. Releo hoy la carta escrita a “Lentejita”, que, a sus 5 meses podría ser perfectamente llamado más bien “lagartijilla”, y creo que no corregiría ni un punto.IMG_6944

Nunca el tiempo ha sido tan paradójico, lento y rápido, voraz y desesperante. Días que se unen con noches, ropas que se amontonan sin fin, platos salvajes apilados… en fin, cualquiera que sea madre o padre sabe de lo que hablo. No puedo dar consejos, porque ahora más que nunca sé que cada persona es un mundo, y que es imposible etiquetar a nadie.

Somos únicos. No he conocido a nadie parecido a Ismael, y jamás habrá otro igual. Como diría Ismael Serrano, cada día es un aprendizaje, para el pequeño, para los grandes, y para el mundo, que también tiene que acoger a esta nueva criatura.

A veces, cuando observo a Ismael haciendo los 5 lobitos (esta es nuestra adquisición de la semana), riendo, gritando, llorando impotente como si desease contar con palabras lo que le ocurre… pienso que es una personita, que ya tiene una historia, que somos parte de su vida, pero que un día caminará solo, buscará su destino, hablará de nosotros, luchará por sus sueños y sus luchas… se me encoje el corazón de emoción y responsabilidad.

¡5 meses! Creo que nunca he sentido tantas cosas al mismo tiempo y condensadas en tanta vida que comienza a descentrarse. A marchas forzadas, porque mi gente lo necesita. Aún queda mucho camino por recorrer.

Necesito respirar; el yugo del perfeccionismo y las tareas autoimpuestas me ha impedido disfrutar de ciertas cosas. Por eso hoy escribo, por eso lo dejo impreso negro sobre blanco. Porque estos cinco meses nunca volverán.

Son únicos. Mientras mi vida sigue patas arriba, sin orden ni concierto… seguimos soñando futuro, aunque con la tarea a veces pendiente de saborear presente.

Gracias porque en lo pequeño estoy descubriendo lo más grande. Ya son casi 70 centímetros de amor.

Si tienes amigos que solo hablan de su recién estrenada paternidad, piensa que es una tarea que no permite “hora del café”, que desvela y enamora, que descentra y orienta, que te llena y te agota, que es desde hace cinco meses… para toda la vida.

É ye ala mingi, sea ti mbi

Amar en tiempos de crisis

2 noviembre 2012

Amor es…

Amar la gracia delicada
del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan…
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces….
Amar lo amable, no es amor:

Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra…

Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro…

Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen…
¡La esperanza de la estrella!…

Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar;
y lo que es más que perdonar,
es comprender…
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar …

¡Amor es resucitar!

Dulce Loynaz

Primero sería importante saber qué es amar, o más bien, conocer los riesgos que tal empresa conlleva. ¿Qué es amar? ¿Qué significa amar en tiempos de crisis?

La crisis como oportunidad de crecimiento, de avance, sí, mas amar sin condiciones… desgarrado cuando arrecia la tormenta, cuando el colchón se apoltrona entre barrotes… eso sí que podría ser amor.

Como decía Dulce Loynaz, quizás se trate de ser almohada para el cansancio de cada día, o espejo de descanso (¡qué desgaste para el corazón que solo camina empujado por la exigencia!)

Estar cerca cuando quieres que te trague la tierra, prestar oído atento cuando la capacidad de almacenamiento de sufrimientos o quejas ha rebasado todo límite, estar en lo pequeñito aún cuando preferirías ser de hierro, luchar, aunque el cansancio te invite a esconderte bajo un ala… esto podría ser amar en tiempos de crisis.

La mayor crisis no es  la de bolsillo, sino la de no saber por qué  levantarse cada día, la que hambrea incondicionalidad, acogida, ternura…

Yo quiero ser eso, agua, que no refresco, bálsamo, que no espuma, sal para alumbrar y no tanto para escocer , aceite en las heridas (en tus heridas) y sonrisas que desbaraten el fruncido entrecejo.

En este tiempo quisiera ser brisa suave, susurro en el cuello, escalofrío entre las mantas. Alboroto.

Aprender a amar, amar en la algarabía, y en la crisis incierta y fría.

En la cruz , en la luz.

 

Volver

31 diciembre 2011

“Crecieron hermosas floren en tu  jardín donde tú apenas viste  esparcir las semillas”

 

 

Se acerca el fin de año, que nos adentra en  la frontera del futuro, en la promesa de la eternidad de Dios hecho hombre en mi pobre pero amada historia.
Y solo puedo dar gracias, y solo puedo llorar de nostalgia.

La Vida en mi vida es un privilegio, y no sé cómo encajarlo. Me desbordar ser inmerecedora de tantas y tantas cosas que se me regalan, y todavía no calzo la humildad suficiente para saber acoger sin esperar dar algo a cambio; aún creo que el mundo se sirve de mí a base del trueque, del intercambio interesado, del interés amigo.

«Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá» ( Lc 12, 39-48)

Confío en poder responder con generosidad a tantas pequeñas maravillas que se hornean en mi vida.
Al final, de poco sirve acumular, o adquirir prestigio; lo que salvan son los nombres . El pequeño gesto, el detalle siempre a punto, brindar la sonrisa tímida en el momento justo…


Sí, los nombres propios, las personas que jalonan la historia, tantas personas que pasearán anónimas por sus vidas, y que ocuparán, sin embargo, un lugar privilegiado en la mía.
Quizás por eso dediqué toda una mañana a fotografiar a mis alumnos de bangassou y a grabar sus fotos con sus nombres en mi ordenador, como si a fuego los estuviera grabando en mi alma.
No quiero que mi torpe memoria los deslice al baúl del pasado sin más.

Ellos no lo saben, pero este año, en la misa del gallo, las lágrimas luchaban entre mis párpados recordando lo que viví junto a ellos. Nuestras luchas, nuestras incomprensiones, nuestras diferencias, y a pesar de las dificultades, ¡cómo crecí junto a ellos!…siendo, paradójicamente, yo la maestra, ellos los alumnos.

Aunque ya sé que en mi mundo al revés, esto no tiene importancia.

Para nuestros hermanos africanos, la fiesta de Navidad es una gran fiesta, la celebración se alarga durante horas, y nunca pueden faltar las danzas y  los cánticos inspirados.
Quizás es más fiesta porque no hay jamón, ni gambas, y realmente, pocos regalos, poco consumismo; es una verdadera fiesta del nacimiento de Xto, de la esperanza.
Imaginaba a tantas familias, alumbradas en medio de la oscuridad con unos pocos troncos sacados de la maleza de la selva, dando vueltecitas en una pequeña ollita que descansa sobre tres piedras, a la cena de Navidad, que quizás, este año, contenga alguna pieza de carne.
Esa es la verdadera Navidad. La de tantos pesebres al calor de un fueguito y de una familia repleta de vástagos, que no tienen más elementos que poner al servicio en estas fiestas, que su propia fe.
La fe de que Él vendrá y los salvará.

No sabemos cómo, ni siquiera cuándo, pero Él viene. Viene en tantos héroes anónimos que entregan sus años y su juventud en silencio, en tantos hermanos a los que les duele su prójimo, en tanto futuro por despertar.
Y entonces…. Mi corazón añora más que nunca… volver.
Volver a los sencillos, a las velas como faro, a la tierra ocre como suelo, al día a día por bandera, al cielo estrellado como manto… a Sus preferidos.
Volver al norte, ha desorientado de nuevo la brújula. En realidad nunca se puede volver, pocas cosas permanecen, salvo el amor. El amor de aquellos que nos han esperado y sostenido en estos años, el amor de aquellos, que incondicionalmente, se han alegrado por nosotros en la lejanía, y también, ahora, en la cercanía.
No sé si creer a Sabina con su “al lugar donde has sido feliz, nunca debes, tratar de volver”.
Es cierto, un gran vacío se ha apoderado de mí, la nostalgia, presa del recuerdo.

«Solo el vacío puede colmarse, no estés nunca repleto de ti mismo».

Solo el vacio puede colmarse de nuevo, no de mí, sino de Él, no de mí, sino de Ellos. Quizás por eso, aunque me encantaría decir muchas cosas, sigo necesitando el silencio…vaciarme de mis  yos abundantes para que Él sea.
Ahora estamos aquí, celebrando la Navidad, celebrando que Él viene otro año más, a salvarnos. Pero este no es un año cualquiera, es un año de promesas infinitas y de eternidades en danza, es el año en que diremos Sí, para siempre, Sí a caminar por las alturas,a dondeTú nos quieras llevar, buscando tu Reino.

La gratuidad de una presencia

1 marzo 2011

 
Existen opiniones de todos los gustos para la estación seca. Hay quien prefiere el sol, a pasarse el día entre el barro; los hay sin embargo,  quienes detestan el polvo campando a sus anchas por todos lados. Soy de las que adoran el nivel del agua en la cintura, para disfrutar de los paisajes de ensueño y de un baño refrescante.
Mientras me preparaba un café, y me disponía a escribir un rato, un remolino gigantesco de hojas secas ha llovido del cielo.

Un viento huracanado nos ha envuelto como presa entre sus garras, y se ha producido el milagro.
El agua que da vida nos ha bendecido. Una lluvia como hacía meses no veía, ha regado la ciudad de Bangassou.
He saltado de mi asiento para abrir los brazos y sentir cómo un torrente me empapaba. Me sentía viva, me siento viva; una profunda alegría me cala hasta los huesos.

Partir para responder a los planteamientos vitales, partir para responder a la llamada, partir para encontrarse, partir para “ayudar”, partir para apaciguar los fueguitos que te arden, partir, porque en definitiva, la única manera de encontrarse es salir de algún modo; partir y no sólo, romperse.

Así el tiempo se preña de razones. Ya brota entre los muros de hormigón abandonados, el futuro que nos aguarda. Y no viene sino a confirmar que el mundo es un mar de fueguitos. Acá o allá, existe  un fuego que, una vez avivado, no te abandonará jamás.


Vivir la experiencia de ser el extranjero, el diferente, observado en cada rincón, en cada gesto; ha levantado en ocasiones muros, y en otras, los ha derribado. La mirada que venía estrenando, se ha acostumbrado. Me prometí a mi misma que no dejaría que pasara, pero el tiempo es sabio. Ya no puedo mirar como la primera vez, sin sentir que algo mío ha brotado aquí, que existe algo de este lugar que  me acompañará siempre como gotitas de eternidad en danza, y un algo—imposible de explicar—que  nunca me podrán arrebatar. No puedo dejar de ser la otra, y sin embargo, las tierras ocres se embarran entre mis pies,  y las flores que planto van germinando en lo escondido, enredadas a nuestra vida cotidiana.
Nuestro afán activista y utilitario, obsesionado de titulitis no puede impedir cuestionarse continuamente: “¿qué he venido a hacer aquí? ¿en qué estoy ayudando? ¿soy útil?”
En ocasiones las respuestas pueden ser negativas, aunque a mí personalmente, ya no me importa. Muchos intentarán admirar o alabar a la vuelta las situaciones vividas en esta latitud de mundo. Algunos no entenderían nunca el verdadero motivo. No importa. No me importa. Estoy viva y eso es lo importante; la única respuesta.

 

La gratuidad de una presencia

Estar por estar. Estar porque me han llamado, pero sin ser imprescindible. Estar porque es un regalo, sin apropiarse de los privilegios inmerecidos; estar, porque solo estar, ya cambia la vida. Estar porque otros me acogen, y también quieren estar conmigo. Estar simplemente, para ser con el otro. Estar para conocer, para empaparme, para aprender, para dar, pero sobre todo, para recibir.
¿Es entonces… esa gran labor con la que muchos me aprecian?
El africano de a pie no suele tener muchas palabras. No te agota con argumentos ni con grandes discursos. Se acerca, te tiende la mano y se sienta a tu lado. Puede pasarse horas sin hablar mirando al infinito. Ahí está, a tu lado. Es su presencia—su vida—la que se te está entregando.
Este es uno de los muchos regalos que se me han depositado entre las manos: dar la gratuidad de mi presencia—tantas veces silenciosa— junto a estos que me acogen y me quieren.
Porque…¿qué palabras puedo tener para la abuela semidesnuda y desnutrida, acusada de brujería?¿ o para la persona que se consume en una cama de hospital? ¿y para el alumno que me confiesa que  no tiene padres en los que refugiarse?
En ocasiones tantas veces mis manos se sienten impotentes…tantas ocasiones las lágrimas ahogan el fuego que crepita en mi corazón… tantas veces me siento tan poco útil…
No vine a salvar a nadie y sin embargo África me está salvando de tantas cosas.
Esa es la gratuidad de una presencia. Porque si nunca hubiera visto ese sol naranja a la altura de mi pecho, recordándome que sale para privilegiados y olvidados, no conocería la esperanza. Si no hubiera conocido a Juanjo, a Rodrigue, a Juan José y Mariam, a Nicolás, a las franciscanas, a Fidèle, a Martín, a Arantza, a Alain, a Benjamin, a Yovane y Omar, a Marcela, a Sonia, a… —tantos nombres que presentaré al atardecer de la vida—si no hubiera visto nunca un baobab, si no hubiera encontrado la cruz—mi cruz— del Sur, si no hubiera echado de menos a tanta gente que nos cuida desde el norte, si no hubiera sentido en mi carne la vergüenza de tener cada día un plato abundante de comida sobre la mesa, si no hubiera reído en otro idioma y cultura, si no hubiera bailado delante de esa gente que esperaba un pequeño gesto para demostrarles que quiero ser una entre ellos…
Si no hubiera sentido la satisfacción de los jóvenes que me saludan con un “buenos días profesora”; si no hubiera alguien que me dijera “no te vayas”, si no sintiera el nudo en el estómago cuando voy atesorando las fotos, si no me hubieran pedido matrimonio en día de Navidad bajo la luna llena y el cielo preñado de estrellas en plena naturaleza… yo sería un poco menos yo.

“Lo que tengo, te doy”. La gratuidad de ser lo que soy, sin maquillaje ni escenarios… contigo.

 “¿cómo podré agradecer tanta bendición? (Salmo 116)

La gratuidad de mi presencia pobre, pero enamorada, en el continente de la Esperanza.

Indignados

24 diciembre 2010

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. Que no son, aunque sean. Que no habían idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

EDUARDO GALEANO, El libro de los abrazos

Cada jueves, hacia las cuatro, cuando la tarde se hace un poco más fresca, y el sol se viene encima, me dirijo hacia la cárcel de Bangassou. Son once meses en los que he visto pasar a muchísima gente. La mayoría, gracias a Dios, ya quedan como un recuerdo en mi corazón y en las fotos que voy atesorando en el ordenador, porque un día les dieron carta blanca para salir y desaparecer del mapa… y así lo hicieron. Nunca más los volví a ver, no sé dónde estarán, pero lo que es seguro es que estarán mucho mejor que en ese infierno con apellido de justicia y orden.

Otros, siguen todavía allí, saludándome cada jueves con cariño desmedido y efusivos abrazos, algo extraños dentro de esta cultura centroafricana; regañándome si alguna semana falto a nuestra cita obligada,  el resto… nuevos compañeros, que se van sumando semana tras semana, llegados de cualquier parte del país.

No vinimos a erigirnos en héroes ni en buenas personas. Intenté ir conociendo poco a poco las múltiples realidades que se viven en este rincón escondido del mundo, y la “Da ti kanga” —prisión— me atrajo desde el principio por su crudeza.

En realidad no hacemos nada, pero compartimos algo. Nos saludamos,  leemos la palabra de Dios en sango, la explicamos, la debatimos, cantamos, alguna vez preparamos alguna comida para ellos, algunas veces llevamos jabón o ropa, y otras, pasamos consulta con una misionera que es médico.

Lo que llevamos al salir por la puerta es el verdadero cariño, ese que se entrega desde el profundo agradecimiento, el realmente gratuito, porque, aparentemente, podríamos decir que ellos no tienen nada que ofrecernos.

Este es el último eslabón de la pobreza. El de los indignados. Los nadies, los que no se ven, los que no cuentan, los rechazados hasta dentro de los suyos. Y digo que son nadie, porque conocer las condiciones en las que viven es sentir verdaderamente que existen personas sobre la faz de la tierra a las que se les ha despojado cualquier hálito de dignidad. He visto entre sus muros gallinas y gallos que se pasean en mejores circunstancias que las personas que los cuidan.
Cárcel de Bangassou

En la puerta, como protocolo previo, un guardia borracho que es incapaz de mantenerse de pie, fiesta posterior a la paliza que ha propiciado a cualquiera de los presos, incapaces de defenderse de garrotes y autoridad.

Una celda mugrienta que los encierra durante el día, en plena oscuridad, mezclados con cualquier tipo de bicho viviente que pueda moverse entre los muros ajados y agrietados. Si no pagan el derecho de salir —5000 francos, unos 7 euros— solo podrán salir varias veces al día para ir al baño.

La primera vez que me paseaba por Bangassou, vi un brazo que salía por el espacio de un ladrillo hacia la calle, luchando por alcanzar un bocado que alguien desde fuera de la cárcel, intentaba alcanzarle.

Comida en la prisiónSe encoge el alma. Cuando encuentras a personas que nunca han tenido un juicio desde hace años que pudiera declararlos culpables, y no tienen demasiado claro por qué están ahí. O por tantas mujeres cansadas de vivir, con los años descansando en cada arruga, soportando calumnias y mentiras, fruto de la cultura de la brujería, que hace todavía más indefensas, a las mujeres indefensas de África.

Esas mujeres que cuando nos reunimos cada semana, no pueden sentarse en un banco y son obligadas a hacerlo en piedras, por el hecho de ser lo que son: mujeres.

En ocasiones privados de agua, normalmente privados de comida, sometidos a insultos y desprecios, constituidos como los sin nombre, los indignos.

Quizás, en este tiempo más o menos largo, en estas experiencias más o menos intensas, mis ojos se han acostumbrado a presenciar demasiadas cosas. Situaciones que a lo largo de todo el año jamás lograré ni podré describir cómo merecen, realidades que asustan a la ficción, pobreza que sangra desde la tierra… pero existe un escenario al que nunca podré acostumbrarme: el valle de lágrimas por el que pasan tantas personas en este mundo, al que asisto cada jueves de puntillas, aunque descalza, pisando tierra sagrada.

Porque el otro día, he de reconocer que salí con dolor en el corazón. Yo también estaba indignada. Aunque no quería reconocerlo, aunque  echaba la culpaba al sistema, dentro de mi había algo que me incomodaba. En lo profundo estaba buscando mi parte de culpa. Esa que quizás en lo remoto me hace cómplice: cuando vivo como vivo y otros no pueden hacerlo, cuando permito que situaciones tan humillantes ocurran, lavando de algún modo mi conciencia pero pasando en definitiva de largo.

Cuando… sabiendo que ellos son el último eslabón, estoy yo ahí, dentro, en alguna parte de la cadena.

¡Cómo quisiera uno librarse de la cadena!…

Esta comodidad me incomoda.

En estas reflexiones andaba mientras se acerca la Navidad, mientras pensaba que también Dios podría haberse indignado por ese pesebre insalubre que le prepararon para nacer, mientras me preguntaba sobre el papel de mi Dios en esta selva del mundo, mientras el típico balance que nos hacemos al final de cada año.. se cernía sobre mí.

¿Falta de esperanza? Puede.

Algo sin embargo ha ocurrido esta semana que ha arrojado luz y lágrimas. Me acercaba a la Maison de l’espoir —Casa de la Esperanza—. Para visitar a las mamás y papás que viven allí. Son personas acusadas de brujería, que no tienen adónde ir,   sus familias las rechazan, o no es seguro continuar en su barrio, porque ya no son bienvenidas.

Iba cantando dentro del coche —me ayuda a relajar tensiones— cuando una amable persona se precipita al borde del camino para levantar una rama que impedía que pudiera seguir avanzando. Bajo la música para saludarla y agradecerle tan bonito detalle, cuando me percato de que es una mamá que conozco bien, pues fue una de las primeras en recibirme en la prisión a mi llegada a Bangassou.

Hacía varias semanas que no me acercaba hasta la cárcel por exceso de trabajo, y durante ese tiempo habían dado una orden de gracia para liberar de golpe, sin ningún tipo de juicio, a 20 de los 50 presos.

Fue una sorpresa y una alegría encontrar a esta mujer tan lejos de aquel infierno. En seguida comprendí que era una de las “elegidas”.

Cuando grité todavía a lo lejos “Baramo mingi” —¡Te saludo!—, se arrojó a mis brazos llorando.

Primero, me gritaba enfadada por haber faltado a nuestra cita durante varios jueves, y luego, sus lágrimas de emoción agradecían lo que tanto —según ella— yo había hecho en su favor.

En momentos como este, a uno le importa poco que la otra persona esté sucia, maloliente o andrajosa. Así la recibí entre mis pobres brazos temblorosos y mis lágrimas contenidas.

Repetía continuamente en sango algo que me hizo volver a mis reflexiones sobre la Navidad. Literalmente traducido como: “Me has guardado en el Señor, con tu oración me has guardado en Él, mientras pedías mi liberación Él te ha escuchado”.

Y así ha sido. Como un milagro. En el tiempo en el que todo se hace nuevo, donde la vida puede renacer, una medida de gracia devuelve de golpe la dignidad perdida a veinte personas anónimas, que ya nunca más lo serán para mi historia.

Entonces sí. Ahora sí. Puede ser Navidad. Unas Navidades saladas.

Teresa Narbona Rodríguez, laica misionera
Bangassou, diciembre 2010

Partir

2 marzo 2010

Cuando se decide partir, es necesario hacer las maletas, ensillar nuestro asno y ponerse en camino. La montaña apenas se vislumbra en la lejanía. Es necesario partir al alba.

Se trata de una gran marcha. Hay que decir adiós. ¿A qué?

A todo y a nada.

A nada, porque el mundo que dejamos estará siempre cerca de nosotros, en nosotros, hasta nuestro último aliento, siempre así de cerca. Incluso siendo rechazado, encontrará la oportunidad de surgir con más vehemencia si cabe, en el interior de nosotros mismos.

A todo, porque cuando se parte a la búsqueda de lo absoluto, cortamos los puentes con todo aquello que podría distraernos.

La separación, finalmente, no se da en el alejamiento sino en el desprendimiento. Hay que evitar, a cualquier precio, que nuestra personalidad se repliegue sobre sí misma, que construya una ciudadela.

Antes de marcharse, hay que dar algunos hachazos. Cortando alrededor, se visualiza inmediatamente lo que hay que hay que cortar en uno mismo. Pero no es necesario estar totalmente desligado de todo y de sí para poder partir.

¿Qué llevar consigo? Toda la persona y nada menos. Extraña respuesta después de haber dicho que hay que dejar todo  y sobre todo dejarse uno mismo. Y cierto es sin embargo; hay que llevarse uno mismo entero. Muchos sólo parten aparentemente. Se crean una personalidad artificial, y es este robot, esta sombra de ellos, lo que envían. No entran jamás por completo en la experiencia.

Cuando se marcha es necesario colgar sobre el asno todo lo que se posee y partir con todo lo que se es, hay que tomarlo todo, las grandezas y las debilidades, las grandes esperanzas y las tendencias más bajas y violentas. Todo, todo; porque todo debe pasar por el fuego.

P. YVES RAGUIN, Chemins de la contemplation
Traducción de Teresa Narbona Rodríguez

Extranjero

26 diciembre 2009

En estos días intensos que se escurren de las manos, que se llenan de sentido, pero también de incertidumbres, llega a mi poder un artículo de un antiguo cooperante francés que pasó varios años en Túnez. Su vida, como la de tantos otros que salen de sí mismos, quedó transformada por el ENCUENTRO.

Y mi oración se impregna de esta palabra, que ojalá se haga carne en mí.

Tiempo de sentir más, de escribir menos, de dejar que las palabras las pongan otros. Me quedo con el silencio, lleno de emoción y sentimiento.

Ser extranjero

Ser extranjero, vivir en el país del otro o incluso vivir el país del otro en la manera de lo posible.
Hace ya varios años que volví de cooperación, pero esta experiencia me alimenta espiritualmente todavía. Es sin duda la experiencia que más llena mi vida y mi oración.
Una pregunta se plantea en un primer momento: ¿Por qué partir? Yo, que no soy especialmente comunicativo y que no me dejo llevar por lo imprevisto, ¿por qué no quedarme en casa donde hay de todos modos cosas que hacer? Creo que la respuesta contiene una sola palabra: encuentro. Esto no quiere decir que el encuentro no sea posible  quedándote en tu país, pero siempre es necesario salir de uno mismo, partir de una manera u otra. Ser extranjero obliga al encuentro.
Me parece algo indispensable, central, que da sentido a la presencia de la Iglesia en esta tierra del islam, como en cualquier lugar que profese otra fe, o que no profese fe en absoluto.

En efecto, el encuentro no es evidente: barrera cultural y lingüística, facilidad para quedarse dentro de sí mismo. Pero… ¿Cómo podríamos vivir la fe si no es buscando este encuentro?
He tenido la suerte de vivir en un país que funcionaba económicamente bien, un país que, en todo caso, no tenía necesidad de mí. Incluso si buscamos compartir el destino del país que nos acoge, y que esta solidaridad se traduzca de manera concreta, no estamos ahí para hacer algo “humanitario”. No podía aportar ningún tipo de competencia que mis compañeros tunecinos no tuviesen, al contrario. Esto me permitió aprender un poco más sobre el sentido de la gratuidad. La gratuidad de una presencia: estar por estar, estar por nada en especial. Acoger gratuitamente, sin esperar nada, preparado para el encuentro, para la escucha. Trabajar gratuitamente, es decir, sin esperar ningún objetivo personal, sino intentar hacer bien las cosas y ganarme la vida. Amar gratuitamente, sin ingenuidad, pero donándome a los demás. La gratuidad de la presencia nos ayuda a entrar en una relación de calidad. Descubrí que no tenía gran cosa que dar pero sí mucho que recibir. No se trata de una postura activista,  sino de responder a una simple llamada: “Ven y verás”.

Para poder encontrarse, primero es necesario ser curioso y estar dispuesto a  dar un rodeo, es necesario coger otra ruta distinta a la que habíamos previsto.
Pronunciar algunas palabras en la lengua del otro, aprender un nuevo concepto del tiempo; esto es ya dar un paso y convertirse en otra persona. El encuentro no nos deja indiferentes.
A continuación es necesario amar. Encontrarse es conocer la tierra en la que ahora vivimos, mirar al otro, tenderle la mano, vivir con él, contemplar el mundo, la ciudad, las gentes. Me gustaba entrar en la Medina, tomarme mi tiempo para pasear tranquilamente, sentarme para tomar un té, hacer algunas compras.  Me gustaba ir al patio y subir las escaleras con mis alumnos, pedirles que se pusieran en fila, después entrar con ellos, hacer silencio y explicar el desarrollo de la clase.

A través de estas relaciones me descubría dependiente: dependiente de los compañeros de trabajo para aprender de ellos la manera de enseñar a los niños tunecinos, para estar preparado de cara a las dificultades. Dependiente de los sacerdotes con los que vivía, de los otros cooperantes, de la amistad con cada uno.
Incluso si el encuentro es tangible, la diferencia no se puede borrar. Nosotros no somos  el otro. Seremos siempre extranjeros. Y está muy bien. Esto nos recuerda que tenemos que vivir la diversidad y asumirla. Estuve confrontado en algunos momentos a la imposibilidad del diálogo. Nos resulta tan fácil construir muros entre nosotros…cada uno pensando que está en el lado correcto del muro, el de la verdad. Sin embargo, dialogar es necesario. No podemos pasar de otro modo. Recitábamos algunas veces el Padre Nuestro en árabe. Rezar en otra lengua suponía para mí la ocasión de dejar que las palabras de esta oración resonaran quizás más intensamente que de costumbre. Tomaban otra dimensión: sí, somos  hijos de un mismo Padre, sea cual sea el lugar o el idioma. Y el Reino no se construye sin luchar por derribar las barreras, sin trabajar por la unidad entre los hombres.
Ocurra lo que ocurra, siempre seguiremos siendo extranjeros. Jean Fontaine, sacerdote, contaba que los que montaban sobre un asno mantenían una herida abierta sobre los costados del animal. De este modo, se podía punzar la herida para que el animal avanzase. Cada uno tiene también sus propias heridas. Ser extranjero es vivir esta herida. Es encontrarse en situación de poder desprenderse de lo que se ha vivido. Una situación en la que se vive continuamente en  la improvisación, en el descubrimiento, en situaciones de fragilidad,  y a veces, de exclusión. Incluso para los que pasan toda su vida en Túnez, esta herida ya no se vuelve a cerrar. Permanecemos siendo extranjeros, observadores, alguien del exterior, privados de una integración que nos gustaría que fuese total. Pero herida como aguijón de vida, como invitación a salir, a avanzar, a vivir el encuentro. Invitación a borrarse para que el Otro aparezca.

BRUNO RÉGIS, voluntario y profesor en Túnez (2000-2002)
Traducción de Teresa Narbona Rodríguez

Pequeñeces eternas

10 noviembre 2009

Existe un espacio, escondido, tímido, enredado en la maraña cibernética que habla de pequeñeces. Las alegrías que desde lo cotidiano recopilan personas de cualquier parte del mundo.

Es un lugar importante. Saber mirar con ojos de milagro la belleza de lo pequeño, por nimio que pudiera parecer, no es fácil. Compartirse con desconocidos que día tras día lo son menos, que traspasan océanos, que se alegran con las alegrías de los demás, tampoco.

Y el mundo necesita emplazamientos como este. Hoy añado un epígrafe más al cuaderno de mi travesía, con las pequeñeces que están ensanchando cada vez más el espacio de mi tienda.

La ciudad eterna. Roma  me ampara de nuevo bajo la lluvia y el caos. La habito a cada paso sintiéndome cada vez menos turista y más envuelta en su palpitar ordinario. Ya no visito tantas iglesias, ni museos. La percibo como la ciudad de seres queridos. Los que están, los que estuvieron y quedaron enamorados de la marabunta.
Paseo empujando el cochecito de mi sobrina. No hay más, pero tampoco menos. Como siempre, gracias a las personas,  también yo he quedado enamorada de esta urbe caótica.

Las pequeñeces se multiplican. Y es Assisi, el preludio de un momento que percibo decisivo en mi vida. La pequeña Asís, mi ciudad eterna.
He caminado de nuevo por sus calles. Me he regado bajo su agua de otoño. He dejado que su frío me acaricie el rostro  y su aroma a leña ardiente me seduzca una vez más.
Desierta, para mi entera. Sin turistas estivales. Sola en el camino, pero profundamente acompañada. Por el pasado, por el presente, por el futuro, por mis sueños, por los recuerdos, por las personas.
De nuevo las palabras se quedan tan cortas para expresar lo que alberga el corazón…

He sido acogida por una enamorada de Francisco. Y también acogida por él, el poverello di Dio, mi querido Francisco. Ante su tumba mis lágrimas y oración. Por todos, por todos los que habitáis aquí, tan dentro de mi.

La pequeña Assisi, mi pequeñez eterna

“La belleza salvará al mundo”

Dostoievski