Archive for the ‘Enviados’ Category

PRO-viDencia

29 diciembre 2012

Pro-vivencia

“El que no tiene nada que perder tiene más de la mitad del camino andado para ser valiente”

Miguel Delibes, La sombra del ciprés el alargada

 

Es casi inevitable hacer balance, desenfundar la pluma y lanzarse implacable sobre el año que termina. Pasarle factura, chasquear con la lengua y darse cuenta de que hay miles de cosas que te gustaría haber hecho y no has podido/querido/sabido/… hacer, o prometerse que el próximo año, este sí, aunque termine en trece, será mejor.

Antes de que la vida siguiera demostrándome, que aunque no soy marioneta alocada, sí que empeñarse en controlar todo, en hacerse un plan a cinco años, o en saber lo que vas a preparar de comida para mañana, es imposible, también había redactado mi lista de propósitos para el nuevo año.

Alguien ya habló alguna vez de despropósitos, y me alegro de rescatarlo del baúl de los consejos sabios para nunca olvidar—merece la pena, no dejéis de redactar vuestra lista de buenos despropósitos para el año que comienza—.

Este verano pasaIMG_2826mos casi un mes en Italia. Mochila a la espalda, cordones prietos y cantimplora. Andamos casi 200 km recorriendo las huellas de San Francisco, y soñando y rezando aquello que pretende ser nuestro proyecto de familia, de vida.

La experiencia fue un bálsamo para sentirse cuidado a cada paso torpe que dábamos. Lo llamamos PROVIDENCIA, o pro-vivencia, como también me gusta sentirlo; la vida que se deja arrastrar desde el fondo hasta las nubes.

Sin apenas dinero en el bolsillo, sin planear cada etapa, sin saber dónde encontraríamos comida, o alojamiento, o… se sucedieron encuentros preciosos, paisajes de ensueño y vivencias que rebasaban cualquier expectativa… porque el límite es el cielo.

La redacción de nuestro proyecto quedó impregnada de esa Providencia, de una promesa ciega en la vida y en el Espíritu que nos habita, de las ganas de sentirnos enviados y estrujados hasta el límite, de futuro.

La vuelta a la vida cotidiana, a veces se hace sin embargo un poco más cuesta arriba. En pocos meses sentía esfumada la magia de un verano de abandono y descanso. Perdí la fuerza y la esperanza, la fe.

Me embargaron de nuevo las ansias de voluntarismo, de realizar mis empresas solo por puños, de atrapar, de poner entre la espada y la pared a los sueños, al destino.

Y de pronto llegaste . Todo empieza y todo acaba en ti, en el silencio, en las lágrimas que bañan, en el consuelo de tu abrazo incondicional, en todo, o en nada, pero en Ti.

En TI, que has construido un nosotros más cierto que nunca, lo impredecible en la tormenta, el respiro, la paz, la calma. Una  lista rasgada de todos los propósitos para el año que ya llega…
pies

Confiar, cuidar y regar la semilla que crece en lo escondido. Desde la Providencia, pro-vivencia, cada día susurraré al alba el deseo de abandonar la agenda y simplemente ser… con el año nuevo como la primavera con los cerezos
Feliz 2013, feliz pro-vivencias.

“El límite es el cielo”

 

Re-cordar

17 octubre 2012

Tú, el amor de mi vida

Porque dos acortan el camino, hacen más ligero el sendero, se dan, se entregan. Porque te amo, porque Re-cordar, pasar por el corazón, siempre es un regalo.

Te amo

Querida África

11 julio 2011


Siriri na nguia

Esta vez, esta carta, te la debo solo a ti.

A ti, que me has dado tanto, y me has quitado tanto que ya andaba sobrándome, gracias.
Sabemos cómo ha empezado todo: estar en el lugar adecuado, en el momento justo, confiar en la Providencia… y ¡plaf! Ya ha pasado un año y medio desde que me viste aparecer.

“Yo te conocía solo de oídas, pero ahora mis ojos te han visto” (Job 42,5)

Llegan con fuerza estos días los recuerdos de infancia en los que hacía pactos con mis compañeras del instituto, donde nos decíamos que iríamos a África, o los poster que pendían en las paredes de mi cuarto de estudiante, con niños africanos. Me siento tan poco merecedora y a la vez tan privilegiada… Un sueño alimentado durante años, que centuplica los fueguitos que arden bien adentro.

Ahora toca lo más difícil, empezar a decir adiós, des-acostumbrarse, soñar en ocres sobre el hormigón de la ciudad, creer que allá los árboles y las flores crecen a la velocidad vertiginosa con la que lo hacen en esta latitud del mundo.

Este lugar, llegado ya a ser cotidiano y desprovisto de exotismo, es mi casa. ¿Cómo pensar en dejarla? ¿Cómo no aferrarse a cada saludo, a cada atardecer?

Daniel Comboni decía que un verdadero misionero debía “vestir como ellos, comer como ellos, hablar como ellos”;  y no es por el gusto de sentirse misionero, sino por la necesidad de ser amado entre la gente que te acoge. La barrera cultural parece en ocasiones un abismo, es cierto; pero… ¡qué preciosidad saludarse con las cabezaditas tiernas! O desbaratar fronteras con mis brujitos, que a la consigna en sango de chúpame la mejilla, han aprendido a darme besos, o aquellos alumnos que te paran por la calle para darte las gracias por acompañarlos y quererlos. Estoy desbordada.

Yo nunca había visto a personas en fase terminal, a un enfermo de Sida, nunca había tocado a una persona enferma de lepra… ¡y cuánto he vivido en mi piel el encuentro de Francisco con el Leproso! Ellos no viven en mí en abstracto, ellos tienen un nombre y una estancia para siempre en mi corazón.

Estoy cansada. No sólo por todo el esfuerzo físico que demanda estar aquí, en este lugar tan desprovisto de cualquier tipo de maquinaria. Arrancar el coche es una proeza, lavar la ropa es toda una tarde, regar el jardín, arreglar en frigorífico empeñado en estropearse, intentar hacer ver a mis alumnos que mi casa no es el despacho, o atender a la cantidad de gente que suele agolparse a diario entre los barrotes de nuestra casa.

  Pero es ese cansancio que te da un puntito de  satisfacción y un mucho de plenitud cuando al caer la noche, al son de grillos, haces balance y te das cuenta de que eres una suertuda, que tu vida está llena de sentido y de personas, y que Él es quien todo hace posible.

Sin embargo te confieso que estoy muy triste. Que pensar en dejarte hace que las lágrimas quieran brotar a raudales. ¿Cómo puedo, allende, ser testimonio de la vida que brota por estos rincones?
Voy a echarte mucho de menos; pero no te preocupes, llevo la maleta a rebosar de telas, aquellas que me traerán siempre los colores de este continente de la esperanza.

Nuestro obispo siempre dice que África no deja indiferente, que África te transforma. Así me vivo yo, como agarrada por las manos del Alfarero, modelada en lo secreto. ¡Cuántas cosas he podido descubrir a lo largo de este tiempo sobre mi misma!
El trabajo, situaciones en las que nunca pensé que me vería, han ido transformando, suavemente, prejuicios y asperezas; con qué delicadeza me has acariciado, con cuánta paciencia y cariño me han tratado las personas que escogiste como anfitrionas.

Sí, creo que he madurado, creo que soy capaz de mirar a la vida de frente. ¿A dónde ya no podría mirar cuando has conocido la miseria del mundo? No tengo miedo ni ganas de esquivar la realidad sufriente a la que se encaran dos tercios de la población mundial, no me la han contado, la he visto yo.  Al contrario, existe un fuego, una llamada, siempre tan humilde como cierta, de hundir bien fuerte los pies en el barro, de comprometer la vida entera, y hacerlo para siempre.

Sin duda ha sido muy importante, fundante, acercarnos y conocer las condiciones de vida de nuestros hermanos en la cárcel, jóvenes carne de cañón, abandonados por su pueblo y por su gente, abuelitos huesudos consumidos por los garrotes de la injusticia, derechos humanos, tan torcidos… que hasta los renglones de Dios parecen por momentos, haber sido borrados.

Lo confieso, todavía no nos hemos marchado, y ya ando maquinando, planeando nuestro próximo encuentro. Habrá que seguir dejando a la Providencia actuar, luchar donde se pueda y como sea en lanzar nuestro granito de arena al viento, en dar voz a los acallados, oportunidad a los indignados.

“ Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti” (Salmo 137)

Te pongo en este tiempo en la cumbre de mis alegrías, gracias por todo, gracias por tanto.

Tuya ya, para siempre,

La gratuidad de una presencia

1 marzo 2011

 
Existen opiniones de todos los gustos para la estación seca. Hay quien prefiere el sol, a pasarse el día entre el barro; los hay sin embargo,  quienes detestan el polvo campando a sus anchas por todos lados. Soy de las que adoran el nivel del agua en la cintura, para disfrutar de los paisajes de ensueño y de un baño refrescante.
Mientras me preparaba un café, y me disponía a escribir un rato, un remolino gigantesco de hojas secas ha llovido del cielo.

Un viento huracanado nos ha envuelto como presa entre sus garras, y se ha producido el milagro.
El agua que da vida nos ha bendecido. Una lluvia como hacía meses no veía, ha regado la ciudad de Bangassou.
He saltado de mi asiento para abrir los brazos y sentir cómo un torrente me empapaba. Me sentía viva, me siento viva; una profunda alegría me cala hasta los huesos.

Partir para responder a los planteamientos vitales, partir para responder a la llamada, partir para encontrarse, partir para “ayudar”, partir para apaciguar los fueguitos que te arden, partir, porque en definitiva, la única manera de encontrarse es salir de algún modo; partir y no sólo, romperse.

Así el tiempo se preña de razones. Ya brota entre los muros de hormigón abandonados, el futuro que nos aguarda. Y no viene sino a confirmar que el mundo es un mar de fueguitos. Acá o allá, existe  un fuego que, una vez avivado, no te abandonará jamás.


Vivir la experiencia de ser el extranjero, el diferente, observado en cada rincón, en cada gesto; ha levantado en ocasiones muros, y en otras, los ha derribado. La mirada que venía estrenando, se ha acostumbrado. Me prometí a mi misma que no dejaría que pasara, pero el tiempo es sabio. Ya no puedo mirar como la primera vez, sin sentir que algo mío ha brotado aquí, que existe algo de este lugar que  me acompañará siempre como gotitas de eternidad en danza, y un algo—imposible de explicar—que  nunca me podrán arrebatar. No puedo dejar de ser la otra, y sin embargo, las tierras ocres se embarran entre mis pies,  y las flores que planto van germinando en lo escondido, enredadas a nuestra vida cotidiana.
Nuestro afán activista y utilitario, obsesionado de titulitis no puede impedir cuestionarse continuamente: “¿qué he venido a hacer aquí? ¿en qué estoy ayudando? ¿soy útil?”
En ocasiones las respuestas pueden ser negativas, aunque a mí personalmente, ya no me importa. Muchos intentarán admirar o alabar a la vuelta las situaciones vividas en esta latitud de mundo. Algunos no entenderían nunca el verdadero motivo. No importa. No me importa. Estoy viva y eso es lo importante; la única respuesta.

 

La gratuidad de una presencia

Estar por estar. Estar porque me han llamado, pero sin ser imprescindible. Estar porque es un regalo, sin apropiarse de los privilegios inmerecidos; estar, porque solo estar, ya cambia la vida. Estar porque otros me acogen, y también quieren estar conmigo. Estar simplemente, para ser con el otro. Estar para conocer, para empaparme, para aprender, para dar, pero sobre todo, para recibir.
¿Es entonces… esa gran labor con la que muchos me aprecian?
El africano de a pie no suele tener muchas palabras. No te agota con argumentos ni con grandes discursos. Se acerca, te tiende la mano y se sienta a tu lado. Puede pasarse horas sin hablar mirando al infinito. Ahí está, a tu lado. Es su presencia—su vida—la que se te está entregando.
Este es uno de los muchos regalos que se me han depositado entre las manos: dar la gratuidad de mi presencia—tantas veces silenciosa— junto a estos que me acogen y me quieren.
Porque…¿qué palabras puedo tener para la abuela semidesnuda y desnutrida, acusada de brujería?¿ o para la persona que se consume en una cama de hospital? ¿y para el alumno que me confiesa que  no tiene padres en los que refugiarse?
En ocasiones tantas veces mis manos se sienten impotentes…tantas ocasiones las lágrimas ahogan el fuego que crepita en mi corazón… tantas veces me siento tan poco útil…
No vine a salvar a nadie y sin embargo África me está salvando de tantas cosas.
Esa es la gratuidad de una presencia. Porque si nunca hubiera visto ese sol naranja a la altura de mi pecho, recordándome que sale para privilegiados y olvidados, no conocería la esperanza. Si no hubiera conocido a Juanjo, a Rodrigue, a Juan José y Mariam, a Nicolás, a las franciscanas, a Fidèle, a Martín, a Arantza, a Alain, a Benjamin, a Yovane y Omar, a Marcela, a Sonia, a… —tantos nombres que presentaré al atardecer de la vida—si no hubiera visto nunca un baobab, si no hubiera encontrado la cruz—mi cruz— del Sur, si no hubiera echado de menos a tanta gente que nos cuida desde el norte, si no hubiera sentido en mi carne la vergüenza de tener cada día un plato abundante de comida sobre la mesa, si no hubiera reído en otro idioma y cultura, si no hubiera bailado delante de esa gente que esperaba un pequeño gesto para demostrarles que quiero ser una entre ellos…
Si no hubiera sentido la satisfacción de los jóvenes que me saludan con un “buenos días profesora”; si no hubiera alguien que me dijera “no te vayas”, si no sintiera el nudo en el estómago cuando voy atesorando las fotos, si no me hubieran pedido matrimonio en día de Navidad bajo la luna llena y el cielo preñado de estrellas en plena naturaleza… yo sería un poco menos yo.

“Lo que tengo, te doy”. La gratuidad de ser lo que soy, sin maquillaje ni escenarios… contigo.

 “¿cómo podré agradecer tanta bendición? (Salmo 116)

La gratuidad de mi presencia pobre, pero enamorada, en el continente de la Esperanza.

Indignados

24 diciembre 2010

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. Que no son, aunque sean. Que no habían idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

EDUARDO GALEANO, El libro de los abrazos

Cada jueves, hacia las cuatro, cuando la tarde se hace un poco más fresca, y el sol se viene encima, me dirijo hacia la cárcel de Bangassou. Son once meses en los que he visto pasar a muchísima gente. La mayoría, gracias a Dios, ya quedan como un recuerdo en mi corazón y en las fotos que voy atesorando en el ordenador, porque un día les dieron carta blanca para salir y desaparecer del mapa… y así lo hicieron. Nunca más los volví a ver, no sé dónde estarán, pero lo que es seguro es que estarán mucho mejor que en ese infierno con apellido de justicia y orden.

Otros, siguen todavía allí, saludándome cada jueves con cariño desmedido y efusivos abrazos, algo extraños dentro de esta cultura centroafricana; regañándome si alguna semana falto a nuestra cita obligada,  el resto… nuevos compañeros, que se van sumando semana tras semana, llegados de cualquier parte del país.

No vinimos a erigirnos en héroes ni en buenas personas. Intenté ir conociendo poco a poco las múltiples realidades que se viven en este rincón escondido del mundo, y la “Da ti kanga” —prisión— me atrajo desde el principio por su crudeza.

En realidad no hacemos nada, pero compartimos algo. Nos saludamos,  leemos la palabra de Dios en sango, la explicamos, la debatimos, cantamos, alguna vez preparamos alguna comida para ellos, algunas veces llevamos jabón o ropa, y otras, pasamos consulta con una misionera que es médico.

Lo que llevamos al salir por la puerta es el verdadero cariño, ese que se entrega desde el profundo agradecimiento, el realmente gratuito, porque, aparentemente, podríamos decir que ellos no tienen nada que ofrecernos.

Este es el último eslabón de la pobreza. El de los indignados. Los nadies, los que no se ven, los que no cuentan, los rechazados hasta dentro de los suyos. Y digo que son nadie, porque conocer las condiciones en las que viven es sentir verdaderamente que existen personas sobre la faz de la tierra a las que se les ha despojado cualquier hálito de dignidad. He visto entre sus muros gallinas y gallos que se pasean en mejores circunstancias que las personas que los cuidan.
Cárcel de Bangassou

En la puerta, como protocolo previo, un guardia borracho que es incapaz de mantenerse de pie, fiesta posterior a la paliza que ha propiciado a cualquiera de los presos, incapaces de defenderse de garrotes y autoridad.

Una celda mugrienta que los encierra durante el día, en plena oscuridad, mezclados con cualquier tipo de bicho viviente que pueda moverse entre los muros ajados y agrietados. Si no pagan el derecho de salir —5000 francos, unos 7 euros— solo podrán salir varias veces al día para ir al baño.

La primera vez que me paseaba por Bangassou, vi un brazo que salía por el espacio de un ladrillo hacia la calle, luchando por alcanzar un bocado que alguien desde fuera de la cárcel, intentaba alcanzarle.

Comida en la prisiónSe encoge el alma. Cuando encuentras a personas que nunca han tenido un juicio desde hace años que pudiera declararlos culpables, y no tienen demasiado claro por qué están ahí. O por tantas mujeres cansadas de vivir, con los años descansando en cada arruga, soportando calumnias y mentiras, fruto de la cultura de la brujería, que hace todavía más indefensas, a las mujeres indefensas de África.

Esas mujeres que cuando nos reunimos cada semana, no pueden sentarse en un banco y son obligadas a hacerlo en piedras, por el hecho de ser lo que son: mujeres.

En ocasiones privados de agua, normalmente privados de comida, sometidos a insultos y desprecios, constituidos como los sin nombre, los indignos.

Quizás, en este tiempo más o menos largo, en estas experiencias más o menos intensas, mis ojos se han acostumbrado a presenciar demasiadas cosas. Situaciones que a lo largo de todo el año jamás lograré ni podré describir cómo merecen, realidades que asustan a la ficción, pobreza que sangra desde la tierra… pero existe un escenario al que nunca podré acostumbrarme: el valle de lágrimas por el que pasan tantas personas en este mundo, al que asisto cada jueves de puntillas, aunque descalza, pisando tierra sagrada.

Porque el otro día, he de reconocer que salí con dolor en el corazón. Yo también estaba indignada. Aunque no quería reconocerlo, aunque  echaba la culpaba al sistema, dentro de mi había algo que me incomodaba. En lo profundo estaba buscando mi parte de culpa. Esa que quizás en lo remoto me hace cómplice: cuando vivo como vivo y otros no pueden hacerlo, cuando permito que situaciones tan humillantes ocurran, lavando de algún modo mi conciencia pero pasando en definitiva de largo.

Cuando… sabiendo que ellos son el último eslabón, estoy yo ahí, dentro, en alguna parte de la cadena.

¡Cómo quisiera uno librarse de la cadena!…

Esta comodidad me incomoda.

En estas reflexiones andaba mientras se acerca la Navidad, mientras pensaba que también Dios podría haberse indignado por ese pesebre insalubre que le prepararon para nacer, mientras me preguntaba sobre el papel de mi Dios en esta selva del mundo, mientras el típico balance que nos hacemos al final de cada año.. se cernía sobre mí.

¿Falta de esperanza? Puede.

Algo sin embargo ha ocurrido esta semana que ha arrojado luz y lágrimas. Me acercaba a la Maison de l’espoir —Casa de la Esperanza—. Para visitar a las mamás y papás que viven allí. Son personas acusadas de brujería, que no tienen adónde ir,   sus familias las rechazan, o no es seguro continuar en su barrio, porque ya no son bienvenidas.

Iba cantando dentro del coche —me ayuda a relajar tensiones— cuando una amable persona se precipita al borde del camino para levantar una rama que impedía que pudiera seguir avanzando. Bajo la música para saludarla y agradecerle tan bonito detalle, cuando me percato de que es una mamá que conozco bien, pues fue una de las primeras en recibirme en la prisión a mi llegada a Bangassou.

Hacía varias semanas que no me acercaba hasta la cárcel por exceso de trabajo, y durante ese tiempo habían dado una orden de gracia para liberar de golpe, sin ningún tipo de juicio, a 20 de los 50 presos.

Fue una sorpresa y una alegría encontrar a esta mujer tan lejos de aquel infierno. En seguida comprendí que era una de las “elegidas”.

Cuando grité todavía a lo lejos “Baramo mingi” —¡Te saludo!—, se arrojó a mis brazos llorando.

Primero, me gritaba enfadada por haber faltado a nuestra cita durante varios jueves, y luego, sus lágrimas de emoción agradecían lo que tanto —según ella— yo había hecho en su favor.

En momentos como este, a uno le importa poco que la otra persona esté sucia, maloliente o andrajosa. Así la recibí entre mis pobres brazos temblorosos y mis lágrimas contenidas.

Repetía continuamente en sango algo que me hizo volver a mis reflexiones sobre la Navidad. Literalmente traducido como: “Me has guardado en el Señor, con tu oración me has guardado en Él, mientras pedías mi liberación Él te ha escuchado”.

Y así ha sido. Como un milagro. En el tiempo en el que todo se hace nuevo, donde la vida puede renacer, una medida de gracia devuelve de golpe la dignidad perdida a veinte personas anónimas, que ya nunca más lo serán para mi historia.

Entonces sí. Ahora sí. Puede ser Navidad. Unas Navidades saladas.

Teresa Narbona Rodríguez, laica misionera
Bangassou, diciembre 2010

Lleno de nombres

10 julio 2010

Al atardecer de la vida me preguntarán …¿Has amado?

Yo guardaré silencio    … y presentaré un corazón lleno de nombres.

Extranjero

26 diciembre 2009

En estos días intensos que se escurren de las manos, que se llenan de sentido, pero también de incertidumbres, llega a mi poder un artículo de un antiguo cooperante francés que pasó varios años en Túnez. Su vida, como la de tantos otros que salen de sí mismos, quedó transformada por el ENCUENTRO.

Y mi oración se impregna de esta palabra, que ojalá se haga carne en mí.

Tiempo de sentir más, de escribir menos, de dejar que las palabras las pongan otros. Me quedo con el silencio, lleno de emoción y sentimiento.

Ser extranjero

Ser extranjero, vivir en el país del otro o incluso vivir el país del otro en la manera de lo posible.
Hace ya varios años que volví de cooperación, pero esta experiencia me alimenta espiritualmente todavía. Es sin duda la experiencia que más llena mi vida y mi oración.
Una pregunta se plantea en un primer momento: ¿Por qué partir? Yo, que no soy especialmente comunicativo y que no me dejo llevar por lo imprevisto, ¿por qué no quedarme en casa donde hay de todos modos cosas que hacer? Creo que la respuesta contiene una sola palabra: encuentro. Esto no quiere decir que el encuentro no sea posible  quedándote en tu país, pero siempre es necesario salir de uno mismo, partir de una manera u otra. Ser extranjero obliga al encuentro.
Me parece algo indispensable, central, que da sentido a la presencia de la Iglesia en esta tierra del islam, como en cualquier lugar que profese otra fe, o que no profese fe en absoluto.

En efecto, el encuentro no es evidente: barrera cultural y lingüística, facilidad para quedarse dentro de sí mismo. Pero… ¿Cómo podríamos vivir la fe si no es buscando este encuentro?
He tenido la suerte de vivir en un país que funcionaba económicamente bien, un país que, en todo caso, no tenía necesidad de mí. Incluso si buscamos compartir el destino del país que nos acoge, y que esta solidaridad se traduzca de manera concreta, no estamos ahí para hacer algo “humanitario”. No podía aportar ningún tipo de competencia que mis compañeros tunecinos no tuviesen, al contrario. Esto me permitió aprender un poco más sobre el sentido de la gratuidad. La gratuidad de una presencia: estar por estar, estar por nada en especial. Acoger gratuitamente, sin esperar nada, preparado para el encuentro, para la escucha. Trabajar gratuitamente, es decir, sin esperar ningún objetivo personal, sino intentar hacer bien las cosas y ganarme la vida. Amar gratuitamente, sin ingenuidad, pero donándome a los demás. La gratuidad de la presencia nos ayuda a entrar en una relación de calidad. Descubrí que no tenía gran cosa que dar pero sí mucho que recibir. No se trata de una postura activista,  sino de responder a una simple llamada: “Ven y verás”.

Para poder encontrarse, primero es necesario ser curioso y estar dispuesto a  dar un rodeo, es necesario coger otra ruta distinta a la que habíamos previsto.
Pronunciar algunas palabras en la lengua del otro, aprender un nuevo concepto del tiempo; esto es ya dar un paso y convertirse en otra persona. El encuentro no nos deja indiferentes.
A continuación es necesario amar. Encontrarse es conocer la tierra en la que ahora vivimos, mirar al otro, tenderle la mano, vivir con él, contemplar el mundo, la ciudad, las gentes. Me gustaba entrar en la Medina, tomarme mi tiempo para pasear tranquilamente, sentarme para tomar un té, hacer algunas compras.  Me gustaba ir al patio y subir las escaleras con mis alumnos, pedirles que se pusieran en fila, después entrar con ellos, hacer silencio y explicar el desarrollo de la clase.

A través de estas relaciones me descubría dependiente: dependiente de los compañeros de trabajo para aprender de ellos la manera de enseñar a los niños tunecinos, para estar preparado de cara a las dificultades. Dependiente de los sacerdotes con los que vivía, de los otros cooperantes, de la amistad con cada uno.
Incluso si el encuentro es tangible, la diferencia no se puede borrar. Nosotros no somos  el otro. Seremos siempre extranjeros. Y está muy bien. Esto nos recuerda que tenemos que vivir la diversidad y asumirla. Estuve confrontado en algunos momentos a la imposibilidad del diálogo. Nos resulta tan fácil construir muros entre nosotros…cada uno pensando que está en el lado correcto del muro, el de la verdad. Sin embargo, dialogar es necesario. No podemos pasar de otro modo. Recitábamos algunas veces el Padre Nuestro en árabe. Rezar en otra lengua suponía para mí la ocasión de dejar que las palabras de esta oración resonaran quizás más intensamente que de costumbre. Tomaban otra dimensión: sí, somos  hijos de un mismo Padre, sea cual sea el lugar o el idioma. Y el Reino no se construye sin luchar por derribar las barreras, sin trabajar por la unidad entre los hombres.
Ocurra lo que ocurra, siempre seguiremos siendo extranjeros. Jean Fontaine, sacerdote, contaba que los que montaban sobre un asno mantenían una herida abierta sobre los costados del animal. De este modo, se podía punzar la herida para que el animal avanzase. Cada uno tiene también sus propias heridas. Ser extranjero es vivir esta herida. Es encontrarse en situación de poder desprenderse de lo que se ha vivido. Una situación en la que se vive continuamente en  la improvisación, en el descubrimiento, en situaciones de fragilidad,  y a veces, de exclusión. Incluso para los que pasan toda su vida en Túnez, esta herida ya no se vuelve a cerrar. Permanecemos siendo extranjeros, observadores, alguien del exterior, privados de una integración que nos gustaría que fuese total. Pero herida como aguijón de vida, como invitación a salir, a avanzar, a vivir el encuentro. Invitación a borrarse para que el Otro aparezca.

BRUNO RÉGIS, voluntario y profesor en Túnez (2000-2002)
Traducción de Teresa Narbona Rodríguez

Acariciar los sueños

11 agosto 2009

“El que quiera ser el primero, que se haga vuestro servidor”  (Mc 10, 44-45)

Si alguien me hubiera avisado de que, lo que escribí hace un año acabaría por hacerse realidad de la manera más providencial posible, no hubiera dado crédito alguno.

Ha transcurrido el tiempo suficiente como para perder grandes riquezas y pobrezas que desbordaban mi alforja: seguridades, miedos, certezas, asideros…

Tramo en baches, que sin embargo se torna nuevo aliento a mis anhelos. Perder para ganar, dejar de controlar cada minuto para abrirme a la sorpresa.

Y aquí están. A mis casi veinticuatros otoños en flor, me invade el vértigo de sentirme tremendamente afortunada. La fortuna de poder ir acariciando, dibujando con trazos tímidos mis sueños. TODOS mis sueños.

La vida me deja rozar, siquiera un poquito, con la yema de mis dedos, todos y cada uno de los profundos sueños que me hacen vivir despierta.

Ahora y como siempre, solo puedo decir GRACIAS. Sentirme en la infinitud del que espera, con el cielo como límite, aventura un nuevo mañana.

Se me regala una nueva oportunidad de aprender a amar, de viajar con mi historia al encuentro de otras historias que con certeza, quedarán enlazadas para siempre.

Perder el norte, mi norte, mis egoismos y vanidades, mis exigencias… encontrar el sur, mi sur, el lugar de los olvidados, la morada preferida de Dios.

Bangassou (República Centroafricana) me acogerá a partir de diciembre, se convertirá en el sueño que acariciaremos juntos, en el punto de inflexión de un corazón de carne.

Señor, con mis grandes torpezas, con mis sombras. Pero también con mis dones e ilusiones, sabiendo que poco voy a hacer…que eres Tú el que sigues obrando mi vida en salvación. Quiero embarrarme, meterme hasta el fango, modelar con mis hermanos el Reino que tú soñaste desde siempre.

Y a mis casi veinticuatro otoños en flor, si se trata de perder, yo sólo quiero perder el norte…que ojalá siempre, siempre, me lleve hasta el sur.

Historia de una mudanza

19 enero 2009

Yo dormía y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría.

(Tagore)

Es sábado, ocho de la mañana. Mientras la ciudad aún duerme a su sueño de fin de semana, mi ser despierta al gélido roce de aire frío en la cara.

Nos disponemos a buscar el camión que hemos alquilado para la mudanza. ¡Jamás me había montado en un furgón de semejantes dimensiones! Empiezo a vivirme en la carretera con cierta superioridad al resto de vehículos que circulan, temerosos, al acercarse a nosotros.

Veinte minutos y la hemos encontrado: una mansión, una casa señorial procedente de una familia acaudalada, sin duda. Una casona que no dispone de un solo hueco libre, cada rincón, cada recoveco está habitado con cualquier tipo de artilugio, no encuentro ningún lugar en el que posar los ojos, mi mirada va y viene sin ton ni son, nerviosa, atónita.

La familia de dicha casa va a deshacerse de muchos muebles viejos: ya no los necesitan; nosotros vamos a recogerlos: otros sí los necesitan.

Es la historia que se repite impasible en todos los sitios del planeta: espacios inmensos que se llenan con aparatos inservibles y habitaciones hacinadas que se llenan con el sudor de la lucha y la esperanza. El desequilibrio, la locura. Pero siempre la esperanza.

Después de cargar camas, sofás y butacas, es el momento de regresar junto a las caras sencillas y sonrientes de nuestros hermanos, que harán de sus hogares un sueño más habitable.

Aparcar el furgón no es fácil. Intermitentes de emergencias, abrir las puertas, subir al camión, sacar los muebles, cerrar las puertas, aparcar en la calle siguiente; la misma operación.

Por último nos queda la casa de Carmen*, que se encuentra ausente. Abrimos con las llaves que ella misma nos dejó. Trasladar los muebles hasta el cuarto piso es una odisea que colmamos de risas, chistes, y alguna magulladura.

Entramos en el piso, el desierto total. La última vez que Carmen sufrió una crisis se deshizo de todos los muebles. Las paredes reflejan el rostro del despojado, del necesitado, del desahuciado. Una existencia rota, pero rota de verdad, en la soledad, el silencio, la desprotección.

Colocamos el salón, le hacemos la cama, le dejamos algunas toallas. Cerramos la puerta. A nuestras espaldas la realidad de un mundo que clama desgarrado ante tales situaciones. Pero siempre, la esperanza.

flor en tierra

Es domingo, nueve de la mañana. No me puedo mover de la cama, me duele todo el cuerpo. Mientras despierto a mi letargo con la calidez de una sábana y un techo donde resguardarme, pienso: quizás esto es el Reino,hacer la mudanza con los que no se pueden mudar.

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* Carmen es un nombre ficticio, para preservar la intimidad.

Bolivia- “Lo que tengo te doy”

20 septiembre 2008

Los soplos de aire fresco de personas que se hacen camino contigo al andar. La resonancia que te ayuda a salir de tí mismo, el regalo de vidas que buscan sin cesar. Ella es Alicia, hoy comparte contigo y conmigo su vivencia más allá del Atlántico. Gracias por tu amistad.

El azul del cielo, el verde de las aguas, el rostro de los niños, y el Sol. Las flores del campo, las gotas de rocío, el ímpetu del viento, y el mar.

   Hay dos formas de respirar en las circunstancias de la vida: viviendo y sobreviviendo. Lo que no quiere decir que por falta de medios siempre recurras a lo segundo. Sobrevivir se puede traducir en que tus fuerzas se gasten en coger el autobús todos los días para no llegar tarde al trabajo. Pero eso de vivir es hablar de un grado más de calor en tu interior. Hay veces que crees que no lo sabes reconocer, eso piensas (inconsciente), pero más lejos de la realidad siempre recuerdas cuando has vivido, escrito con más o menos letras mayúsculas.
   Aspiramos a vivir… aunque cueste. Así lo he comprobado, entre un pueblo igual y dos realidades tan distintas.
   La realidad se impone, y se impone ante lo que tú quieres, piensas o crees saber. Se impone desde otra perspectiva a la tuya y por eso, lo afirmo, aspiramos a vivir. Descubriendo en los otros ese anhelo y enseñándote lo mucho que tú lo deseas… Vivir en su sentido más amplio, justo cuando ya ni siquiera entiendes el significado, se descubre como un pequeño antojo de Dios.

   Consciente de que, siempre que se me regalan oportunidades de vida me habitúo a estar mirando demasiado al suelo, intenté ver con ojos impacientes un nuevo mundo, que no pretendiera comprender y me dejara en un papel tan resabido para mí, sino que me atravesara de tal forma que no supiera reconocerme en su fotografía. Esa era mi proposición. Sin embargo, la experiencia sabe más que yo, y me descubrí, como otras veces, preguntándome. Por qué me endurecía ante el desgarrador ambiente de El Alto o por qué me entretenía siendo incapaz de llegar más hondo en el encanto del Amazonas.

Dos caras, el darme cuenta de esas realidades, de detalladamente seguir su transcurso, y, por otro lado, descubrirme de nuevo demasiado “consciente” y poco teñida de ellas. Pero olvidándome de si toco desde lejos o desde más cerca (dejando para otro el interpretarme), a la vez fijándome menos precisamente los trazos que dejaban los acontecimientos, puedo decir que he vivido. Porque el obsequio de su verdad se me ha colado por todos los poros de la piel; unos y otros ansían disfrazadamente poder ser, da igual que tú pierdas, enmarañado en otras cosas, el comprender su esencia en esas circunstancias.

   La maravilla se obra en los que están y en los que van. Para los dos, recordando que lo que tengo te doy; que lo que soy, te regalo.
Incluso aterrizando en la propia miseria, en la desesperanza de El Alto, el milagro existe. Se obra en personas que creen en la Vida. Juntos implicados en una capilla que es un oasis en ese desierto de hielo. Un lugar, de acogida, de proyectos, de fuerza… y curiosamente es Dios el centro de todo.
   El cariño se nos dio a borbotones, en un sitio donde lo más complicado que queda es amar, entre cuatro paredes de adobe, un patio, entre callejuelas que dibujan una ciudad crecida por despecho y desilusión. En esa “Nada” aparente de El Alto, donde la desesperanza engulle a la gente, la importancia de disfrutar viviendo transforma a la persona.

   La Nada:   “Por lo demás, no es doloroso… lo único que pasa es que, al que sea, le falta de pronto un pedazo (…) Tiene una fuerza de atracción irresistible,  que se hace tanto más intensa cuanto mayor es el lugar. Ninguno de nosotros podía explicarse qué era esa cosa horrible, de dónde venía ni qué se podía hacer contra ella. Y, como por sí sola no desaparecía, sino que se extendía cada vez más, finalmente se decidió enviar un mensajero a la Emperatriz Infantil …”.  (La Historia Interminable)

  Y de una “Nada” árida a La Nada perezosa en la Amazonía. Ambas creadas de la resignación del ser humano debido a la indiferencia del otro.
Entre miradas limpias, inquietud hacia lo nuevo, sueños de lo que más quieren, desnudos pintados de selva y cantos de aves, me ha alcanzado la incomprensión del ser humano, en la soledad que se crea alrededor de muchos. En el poco cuidado hacia las personas oprimidas por el desamparo. La Nada que va engullendo a la región sin remedio, la inexistencia que se apodera de todo. ¿Y qué hace falta para existir?
   Mis pensamientos se deslizaban viendo entre las dos realidades, y queriendo por mis fuerzas que ese ver llegara a hacer un guiño al pueblo en el fondo de sus entrañas… a la vez se dispersaba volando hacia lo que más quiero, en mi corazón, mis maestros y a la vez compañeros, a los que tan lejos han ido y a los que aún más cerca tengo. Todo y todos para percatarme que son mi combustible para llegar… Esa sed de querer, que también aquí se me ha mostrado, así me explican, así soy.

¿Y qué hace falta para existir? Que alguien crea en ti, que te dé nombre, que te quiera.

        

  “Toda mi existencia, el amor de mis hermanos.”

                                                                                         Alicia Pacios