Querida África


Siriri na nguia

Esta vez, esta carta, te la debo solo a ti.

A ti, que me has dado tanto, y me has quitado tanto que ya andaba sobrándome, gracias.
Sabemos cómo ha empezado todo: estar en el lugar adecuado, en el momento justo, confiar en la Providencia… y ¡plaf! Ya ha pasado un año y medio desde que me viste aparecer.

“Yo te conocía solo de oídas, pero ahora mis ojos te han visto” (Job 42,5)

Llegan con fuerza estos días los recuerdos de infancia en los que hacía pactos con mis compañeras del instituto, donde nos decíamos que iríamos a África, o los poster que pendían en las paredes de mi cuarto de estudiante, con niños africanos. Me siento tan poco merecedora y a la vez tan privilegiada… Un sueño alimentado durante años, que centuplica los fueguitos que arden bien adentro.

Ahora toca lo más difícil, empezar a decir adiós, des-acostumbrarse, soñar en ocres sobre el hormigón de la ciudad, creer que allá los árboles y las flores crecen a la velocidad vertiginosa con la que lo hacen en esta latitud del mundo.

Este lugar, llegado ya a ser cotidiano y desprovisto de exotismo, es mi casa. ¿Cómo pensar en dejarla? ¿Cómo no aferrarse a cada saludo, a cada atardecer?

Daniel Comboni decía que un verdadero misionero debía “vestir como ellos, comer como ellos, hablar como ellos”;  y no es por el gusto de sentirse misionero, sino por la necesidad de ser amado entre la gente que te acoge. La barrera cultural parece en ocasiones un abismo, es cierto; pero… ¡qué preciosidad saludarse con las cabezaditas tiernas! O desbaratar fronteras con mis brujitos, que a la consigna en sango de chúpame la mejilla, han aprendido a darme besos, o aquellos alumnos que te paran por la calle para darte las gracias por acompañarlos y quererlos. Estoy desbordada.

Yo nunca había visto a personas en fase terminal, a un enfermo de Sida, nunca había tocado a una persona enferma de lepra… ¡y cuánto he vivido en mi piel el encuentro de Francisco con el Leproso! Ellos no viven en mí en abstracto, ellos tienen un nombre y una estancia para siempre en mi corazón.

Estoy cansada. No sólo por todo el esfuerzo físico que demanda estar aquí, en este lugar tan desprovisto de cualquier tipo de maquinaria. Arrancar el coche es una proeza, lavar la ropa es toda una tarde, regar el jardín, arreglar en frigorífico empeñado en estropearse, intentar hacer ver a mis alumnos que mi casa no es el despacho, o atender a la cantidad de gente que suele agolparse a diario entre los barrotes de nuestra casa.

  Pero es ese cansancio que te da un puntito de  satisfacción y un mucho de plenitud cuando al caer la noche, al son de grillos, haces balance y te das cuenta de que eres una suertuda, que tu vida está llena de sentido y de personas, y que Él es quien todo hace posible.

Sin embargo te confieso que estoy muy triste. Que pensar en dejarte hace que las lágrimas quieran brotar a raudales. ¿Cómo puedo, allende, ser testimonio de la vida que brota por estos rincones?
Voy a echarte mucho de menos; pero no te preocupes, llevo la maleta a rebosar de telas, aquellas que me traerán siempre los colores de este continente de la esperanza.

Nuestro obispo siempre dice que África no deja indiferente, que África te transforma. Así me vivo yo, como agarrada por las manos del Alfarero, modelada en lo secreto. ¡Cuántas cosas he podido descubrir a lo largo de este tiempo sobre mi misma!
El trabajo, situaciones en las que nunca pensé que me vería, han ido transformando, suavemente, prejuicios y asperezas; con qué delicadeza me has acariciado, con cuánta paciencia y cariño me han tratado las personas que escogiste como anfitrionas.

Sí, creo que he madurado, creo que soy capaz de mirar a la vida de frente. ¿A dónde ya no podría mirar cuando has conocido la miseria del mundo? No tengo miedo ni ganas de esquivar la realidad sufriente a la que se encaran dos tercios de la población mundial, no me la han contado, la he visto yo.  Al contrario, existe un fuego, una llamada, siempre tan humilde como cierta, de hundir bien fuerte los pies en el barro, de comprometer la vida entera, y hacerlo para siempre.

Sin duda ha sido muy importante, fundante, acercarnos y conocer las condiciones de vida de nuestros hermanos en la cárcel, jóvenes carne de cañón, abandonados por su pueblo y por su gente, abuelitos huesudos consumidos por los garrotes de la injusticia, derechos humanos, tan torcidos… que hasta los renglones de Dios parecen por momentos, haber sido borrados.

Lo confieso, todavía no nos hemos marchado, y ya ando maquinando, planeando nuestro próximo encuentro. Habrá que seguir dejando a la Providencia actuar, luchar donde se pueda y como sea en lanzar nuestro granito de arena al viento, en dar voz a los acallados, oportunidad a los indignados.

“ Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti” (Salmo 137)

Te pongo en este tiempo en la cumbre de mis alegrías, gracias por todo, gracias por tanto.

Tuya ya, para siempre,

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9 comentarios to “Querida África”

  1. María Says:

    Gracias por compartir tus sentimientos y tu corazón misionero.
    Que la vida que has recibido en esta experiencia se multiplique al llegar a tu tierra, para que muchos puedan encontrarse con “su sueño” hecho realidad, como Dios te lo ha permitido a ti.
    Ánimo y bendiciones.

  2. Pau Says:

    Y ya sabes que el alma viaja a distinta velocidad que el cuerpo… Aún estará allí cuando tú ya estés aquí… Tenemos ganas de verte.

  3. perlegrino Says:

    Gracias, gracias y gracias una vez más por hacernos partícipes de todo lo que se mueve por vuestros corazones…
    Un abrazo enorme, que me muero de ganas de daros!!
    perles

  4. María Jesús Garrido Sánchez Says:

    Hola Tessa, no se como he dado con tu blog, pero llevo tiempo leyéndolo y me encanta. Me hace mucho bien. Como tu, soy misionera en India. Gracias por compartir tus experiencias.

    Te dejo mi blog:loquenosedasepierde.blogspot.com

    cuidate mucho

  5. Álex Says:

    Querida África:
    Nos modelaste tiernamente. Lo sigues haciendo desde lejos. Te esperamos y nos esperas. GRACIAS por habernos llenado la vida del sabor desnudo de la felicidad.

  6. Yuan Says:

    Sin palabras, pero con un gesto de cabezaditas tiernas, desde la distancia, te acompaño. El Espíritu te seguirá llevando sobre sus alas.
    Abrazo.

  7. Brenda Says:

    Tess, hola! No te conozco pero he llorado como una niña al leer esto. Me encanta! ojalá poder vivir esa experiencia tan hermosa, si no es así pues siento que leyéndote siento las pinceladas de ella. Un abrazo!

    Brenda.

  8. Fran Says:

    Realmente mereces sentirte privilegiada, Tess, que tienes la alegría de haberte dado generosamente a esas personas. Seguramente no haya satisfacción mayor. Eres un gran ejemplo para todos. Porque todos debemos sentirnos indignados y todos tenemos cerca situaciones por las que podemos hacer algo.
    Un beso.

  9. José Fernando Escolapio Says:

    Hermosísima entrada. Muchas gracias. He revivido muchas cosas compartidas en aquel continente tan maravilloso.

Huellas en la arena

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