La gratuidad de una presencia

 
Existen opiniones de todos los gustos para la estación seca. Hay quien prefiere el sol, a pasarse el día entre el barro; los hay sin embargo,  quienes detestan el polvo campando a sus anchas por todos lados. Soy de las que adoran el nivel del agua en la cintura, para disfrutar de los paisajes de ensueño y de un baño refrescante.
Mientras me preparaba un café, y me disponía a escribir un rato, un remolino gigantesco de hojas secas ha llovido del cielo.

Un viento huracanado nos ha envuelto como presa entre sus garras, y se ha producido el milagro.
El agua que da vida nos ha bendecido. Una lluvia como hacía meses no veía, ha regado la ciudad de Bangassou.
He saltado de mi asiento para abrir los brazos y sentir cómo un torrente me empapaba. Me sentía viva, me siento viva; una profunda alegría me cala hasta los huesos.

Partir para responder a los planteamientos vitales, partir para responder a la llamada, partir para encontrarse, partir para “ayudar”, partir para apaciguar los fueguitos que te arden, partir, porque en definitiva, la única manera de encontrarse es salir de algún modo; partir y no sólo, romperse.

Así el tiempo se preña de razones. Ya brota entre los muros de hormigón abandonados, el futuro que nos aguarda. Y no viene sino a confirmar que el mundo es un mar de fueguitos. Acá o allá, existe  un fuego que, una vez avivado, no te abandonará jamás.


Vivir la experiencia de ser el extranjero, el diferente, observado en cada rincón, en cada gesto; ha levantado en ocasiones muros, y en otras, los ha derribado. La mirada que venía estrenando, se ha acostumbrado. Me prometí a mi misma que no dejaría que pasara, pero el tiempo es sabio. Ya no puedo mirar como la primera vez, sin sentir que algo mío ha brotado aquí, que existe algo de este lugar que  me acompañará siempre como gotitas de eternidad en danza, y un algo—imposible de explicar—que  nunca me podrán arrebatar. No puedo dejar de ser la otra, y sin embargo, las tierras ocres se embarran entre mis pies,  y las flores que planto van germinando en lo escondido, enredadas a nuestra vida cotidiana.
Nuestro afán activista y utilitario, obsesionado de titulitis no puede impedir cuestionarse continuamente: “¿qué he venido a hacer aquí? ¿en qué estoy ayudando? ¿soy útil?”
En ocasiones las respuestas pueden ser negativas, aunque a mí personalmente, ya no me importa. Muchos intentarán admirar o alabar a la vuelta las situaciones vividas en esta latitud de mundo. Algunos no entenderían nunca el verdadero motivo. No importa. No me importa. Estoy viva y eso es lo importante; la única respuesta.

 

La gratuidad de una presencia

Estar por estar. Estar porque me han llamado, pero sin ser imprescindible. Estar porque es un regalo, sin apropiarse de los privilegios inmerecidos; estar, porque solo estar, ya cambia la vida. Estar porque otros me acogen, y también quieren estar conmigo. Estar simplemente, para ser con el otro. Estar para conocer, para empaparme, para aprender, para dar, pero sobre todo, para recibir.
¿Es entonces… esa gran labor con la que muchos me aprecian?
El africano de a pie no suele tener muchas palabras. No te agota con argumentos ni con grandes discursos. Se acerca, te tiende la mano y se sienta a tu lado. Puede pasarse horas sin hablar mirando al infinito. Ahí está, a tu lado. Es su presencia—su vida—la que se te está entregando.
Este es uno de los muchos regalos que se me han depositado entre las manos: dar la gratuidad de mi presencia—tantas veces silenciosa— junto a estos que me acogen y me quieren.
Porque…¿qué palabras puedo tener para la abuela semidesnuda y desnutrida, acusada de brujería?¿ o para la persona que se consume en una cama de hospital? ¿y para el alumno que me confiesa que  no tiene padres en los que refugiarse?
En ocasiones tantas veces mis manos se sienten impotentes…tantas ocasiones las lágrimas ahogan el fuego que crepita en mi corazón… tantas veces me siento tan poco útil…
No vine a salvar a nadie y sin embargo África me está salvando de tantas cosas.
Esa es la gratuidad de una presencia. Porque si nunca hubiera visto ese sol naranja a la altura de mi pecho, recordándome que sale para privilegiados y olvidados, no conocería la esperanza. Si no hubiera conocido a Juanjo, a Rodrigue, a Juan José y Mariam, a Nicolás, a las franciscanas, a Fidèle, a Martín, a Arantza, a Alain, a Benjamin, a Yovane y Omar, a Marcela, a Sonia, a… —tantos nombres que presentaré al atardecer de la vida—si no hubiera visto nunca un baobab, si no hubiera encontrado la cruz—mi cruz— del Sur, si no hubiera echado de menos a tanta gente que nos cuida desde el norte, si no hubiera sentido en mi carne la vergüenza de tener cada día un plato abundante de comida sobre la mesa, si no hubiera reído en otro idioma y cultura, si no hubiera bailado delante de esa gente que esperaba un pequeño gesto para demostrarles que quiero ser una entre ellos…
Si no hubiera sentido la satisfacción de los jóvenes que me saludan con un “buenos días profesora”; si no hubiera alguien que me dijera “no te vayas”, si no sintiera el nudo en el estómago cuando voy atesorando las fotos, si no me hubieran pedido matrimonio en día de Navidad bajo la luna llena y el cielo preñado de estrellas en plena naturaleza… yo sería un poco menos yo.

“Lo que tengo, te doy”. La gratuidad de ser lo que soy, sin maquillaje ni escenarios… contigo.

 “¿cómo podré agradecer tanta bendición? (Salmo 116)

La gratuidad de mi presencia pobre, pero enamorada, en el continente de la Esperanza.

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7 comentarios to “La gratuidad de una presencia”

  1. Ana Says:

    Tess, nuevamente me dejas impresionada con esta experiencia que compartes con nosotros. La gratuidad de tantas presencias… que ayudan, que llenan de esperanza, movidas por una única fuerza, la
    del que nunca nos falla, la verdadera, que nos impulsa para que mejoremos lo que podamos, paso a paso, huella a huella.
    Es cierto, que contemplar un paisaje, un atardecer, disfrutar de un sonido que nunca antes escuchaos, acompañados, con la presencia de un amigo, en silencio, sin necesidad de más palabras que adornen un instante milagroso.

    Como me ha gustado leerte Tess, admiro tu fortaleza, y sospecho tu felicidad. Enhorabuena, por saber cumplir de manera tan bella con una de las tareas que más dignifica al ser humano, compartir con los necesitados.

  2. perlegrino Says:

    Tess, acabo de leerte y me has emocionado… Doy gracias a Dios por ejemplos de vida como el tuyo.
    Un abrazo enorme y sigue empapándote de cada gota de la lluvia que África te ofrece.

    • Chumi Says:

      La gratuidad de la presencia es tu presencia. Basta con eso. Todo tu ser, toda tú, dando gratis los dones que gratis recibiste de Dios. Tu presencia que se hace fuerte con tus palabras y aunque no lo creas, en mis malos momentos. No paro de fustigarme cada vez que tengo una mala racha, ahora estoy en una. Pero siempre llega y “nunca por casualidad”, las palabras alentadoras de quien de verdad te transmite “veraderos problemas”. ¿y los míos lo son? Un mojon pa mí, hablando en plata… en plata pura.

      Y además, dentro de mi exigencia, en mi trabajo, como médico. Sé que tengo mi propio don e intento volcarlo en el día a día de mis pacientes, estos meses pacientes (que mal suena, en adelante: personas), personitas de 13 o menos años. Pero debo exigirme más, debo reencontrarme con Dios, agachar la cabeza, basar mi vida en la humildad, en la gratuidad de ofrecer mi ser. Y me cuesta… me cuesta en este primer mundo de “soledad”.

      Un beso Tess… y gracias.

      PD: Mi propio blog, por si quieres pasarte: http://cuidadospaleoliticos.blogspot.com/

      Con dio…

  3. Chumi Says:

    La gratuidad de la presencia es tu presencia. Basta con eso. Todo tu ser, toda tú, dando gratis los dones que gratis recibiste de Dios. Tu presencia que se hace fuerte con tus palabras y aunque no lo creas, en mis malos momentos. No paro de fustigarme cada vez que tengo una mala racha, ahora estoy en una. Pero siempre llega y “nunca por casualidad”, las palabras alentadoras de quien de verdad te transmite “veraderos problemas”. ¿y los míos lo son? Un mojon pa mí, hablando en plata… en plata pura.

    Y además, dentro de mi exigencia, en mi trabajo, como médico. Sé que tengo mi propio don e intento volcarlo en el día a día de mis pacientes, estos meses pacientes (que mal suena, en adelante: personas), personitas de 13 o menos años. Pero debo exigirme más, debo reencontrarme con Dios, agachar la cabeza, basar mi vida en la humildad, en la gratuidad de ofrecer mi ser. Y me cuesta… me cuesta en este primer mundo de “soledad”.

    Un beso Tess… y gracias.

    PD: Mi propio blog, por si quieres pasarte: http://cuidadospaleoliticos.blogspot.com/

    Con dio……

  4. Sejo Says:

    Muchas gracias:
    Por tu gratuidad, para con ellos, para con nosotros.
    Muchas gracias por ser, solamente ser, que ya es mucho en estos tiempos.
    Muchas gracias por reconfortarnos, hacernos vibrar, con lo que escribes, lo que escribís.
    Muchas gracias por estar enamorada.
    Un abrazo: Sejo

  5. Álex Says:

    Sin maquillaje ni escenarios todo es aún más maravilloso.

    GRACIAS por el don de tu presencia en mi historia.

  6. Yuan Says:

    Tess:
    Nos haces mucha falta.
    Que el abrazo de Dios os lleve por sus rutas siempre sorprendentes.
    Abrazo!

Huellas en la arena

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