De la vida extraordinaria

Los pequeños sentidos del camino, las pequeñas respuestas a las eternas preguntas, se van forjando en el día a día, en lo cotidiano. Pero a veces, decantar extraordinarios se torna en el aire fresco necesario para ir caminando, para hacer balance.

Para ver el bosque, en ocasiones es necesario alejarse del árbol.

Aquí no es fácil alejarse del árbol, que estamos en plena selva, pero aun así, voy tomando nuevas perspectivas y cambiando los ángulos desde los que mirar con estos ojos estrenándose aún.

Muchas cosas han pasado en el último tiempo. Y no exenta de dificultades, sigo inmensamente feliz.

La Pascua la pasé entre dos pueblos, Bema y Ngombe. A unos doscientos kilómetros de distancia, o mejor dicho, a unas cinco horas de distancia. Me fui con el grupo de misioneros Gran Rio: éramos catorce, entre los jóvenes y los religiosos.

El camino fue como un descenso a los infiernos —sí, soy andaluza, exagerada por naturaleza― pero cierto es que conducir entre agujeros y abismos ha sido una vivencia que no deseo volver a pasar. Los puentes son unos troncos móviles. Cuando se va a pasar por el puente, todos los pasajeros se bajan del coche, excepto el conductor. Si hay un accidente, que al menos sólo muera uno…

Una familia de Ngombe nos dejó literalmente su casa. Ellos se marcharon ―todavía no me ha quedado claro dónde se alojaron esos días― y nosotros la ocupamos. Toda una experiencia de vivir como. Este pueblecito, repleto de mangos por todos lados, donde no existen los pozos de agua, tiene al menos un río precioso que lo corteja de lado a lado.

Un paisaje de ensueño. Despertarte al alba con la vida que se cuece en el Mbomou, vislumbrar sin problemas la frontera, dos países separados por la pequeña corriente.

Fregamos, lavamos la ropa y nos duchamos en el río, y sobre todo, dábamos una tregua al calor sofocante jugando con los niños o simplemente nadando. Olía a libertad y a paz…

El primer día visitamos las chocitas para darnos a conocer ―aunque con esta cara pálida que tengo no hay problema― e invitar a la gente a los oficios. El resto de los días, Marcela ―la doctora argentina― estuvo pasando consulta. Había llevado bastantes medicamentos, y pudimos dar a muchas personas, pagando una cantidad simbólica.

Digo pudimos, porque aunque yo no tengo ni idea, estuve echándole una mano a preparar los tratamientos y explicar la posología ―ya sé decir en sango perfectamente «tómese una a la mañana, al mediodía y a la tarde», jeje―.

Como en cualquier parte del mundo, las noticias vuelan más rápido que los pájaros. Al día siguiente, cuando me levanté al amanecer y me dispuse a ir al baño, cogiendo el caminito ―por supuesto fuera de la casa― que conducía a la espesura de la selva, me daban los buenos días una cola interminable de personas esperando para la consulta. Y yo saludando con las palmas abiertas ―como es la costumbre― ¡con mi papel higiénico rosa en la mano y todo el mundo mirándome!

Hemos visto historias muy duras, enfermedades que podrían haberse evitado con unos medios mínimos de atención sanitaria, mucho dolor. ¡Cómo pedir un corazón de carne si lo que se necesita es un escudo que te ayude a no derrumbarte ante semejantes situaciones!

Con todo había momentos muy graciosos. Me sentía surrealista cuando algunas señoras me entregaban a modo de pago un pollo ―vivo, por supuesto―, huevos, plátanos, cacahuetes… aquello en lugar de una consulta médica parecía el mercado central.

Y mientras pasaba la mañana, la casa se iba llenando cada vez de más gente. Entraban por una puerta, por otra, se asomaban por la ventana… muchos de ellos ni siquiera sabían bien lo que tenían, es típico un «me duele el cuerpo». Para que la persona se fuese feliz, oye, pues les dábamos unas vitaminas, que nunca vienen mal.

Organizamos también algunos juegos con los niños. El fútbol nunca falla, y son muy buenos. Yo he desistido ante mi incapacidad de ponerme descalza. Pero verlos es también un placer.

Han sido días muy bonitos, de compartir la vida, de cocinar sobre tres piedras, de coger incluso el agua de la lluvia para poder desayunar… de acercarse un poco, muy poco, en un extraordinario, a la frontera donde está la gente que nos ha abierto de par en par la vida de sus cotidianos.

El viaje de vuelta también fue muy cansado y tenso, pero llegamos sanos y salvos.

Al día siguiente, otras trece horas en coche hacía Bangui. Llegaban los médicos que han estado este mes en Bangassou, y estuve acompañando al obispo.

Alucinaba con la manera de colarse en el aeropuerto, pues dentro sólo pueden estar las personas que llegan del avión y el personal que allí trabaja. Tranquilamente, sin ningún problema, íbamos depasando cualquier intento de control o de impedir nuestro paso a golpe de calendario. «¿Seguro que todavía no tienes calendario del 2010? ―decía Monseñor―. Ah bueno, pues mira, este es muy bonito, sale Bangassou… ¿lo quieres?»… y así entramos sin problemas.

Para poder agilizar la llegada a Bangassou y que los médicos pudieran empezar a organizar las operaciones lo antes posible, nos volvimos en un mini avión de las Naciones Unidas. Si lo de los calendarios me parecía surrealista, lo que me ocurrió con el avión no era para menos.

Yo, que venía cansada y algo pachucha del viaje anterior ―tenía la malaria, pero no lo sabía aún―, olvidé por completo llevarme a Bangui el pasaporte o cualquier documento que me identificara. Cuando me di cuenta me eché a temblar, ¿Cómo iba a volverme pal pueblo? Hablamos además de un aeropuerto de vuelos internacionales ―ojo al dato―.

Pues nada, saqué todas mis armas de mujer, y hablando un poquito en sango ―para ganar puntos―, sonriendo y prometiendo que iba a mandarle al jefe del avión un regalo cuando volviera, me monté sin más en el avión. La vista aérea de la selva es de una belleza difícil de describir ―como todo―.

Este mes se ha pasado increíble. Pasé de vivir sola a habitar la casa de Gran Hermano. ¡Qué bien acompañada he estado! Me han mimado mucho, todo hay que decirlo. Y eso hace bien. Un abrazote, un beso de vez en cuando… que ya sabéis que aquí se suele dar la mano únicamente. He aprendido mucho de los doctores. Han tenido un trabajo arduo que ha echado un pulso al clima, a las condiciones de trabajo y a la propia organización de todo el tema de consultas. Ha sido una labor extraordinaria.

Por mi parte, he aprendido muchísimo ―adquisición de culturilla general―, incluso he tenido el privilegio de asistir a algunas operaciones. Una experiencia tremendamente interesante.

Nos hemos reído también muchísimo. Así he renovado mi repertorio de chistes, y me he ahorrado de traducir al francés los que me sabía ―que ya he comprobado que no tienen el mismo efecto en el hombre africano―.

He sentido enormemente su marcha, aunque me quedo con Arantza, una enfermera del País Vasco que se estará aquí hasta el mes de agosto.

El segundo contenedor llegó por fin a su destino. Había dicho en el primero que este llegaría en dos semanas, y ha pasado un mes y medio. Ha habido problemas de transporte, pero finalmente llegó tan hermoso como siempre. Lo descargamos con el mismo entusiasmo y alegría que el anterior, aunque el agua se había colado por algunos agujeros, y algunas cositas están estropeadas.

Ahora estoy organizándolo y ordenándolo. Gracias por los saludos que escribís en las cajas; es muy bonito ver «¡Barala!» y poder leer así la dedicación y el amor que volcáis en la carga del container.

Y ya volviendo a lo cotidiano ―siempre hay que volver―, recuperada de la malaria, morenita, contenta; la vida sigue fluyendo.

El curso acabará pronto, y espero que de cara al año que viene, las clases de español vayan en aumento. Ahora tengo a mis niños preparando unos sketches; estoy deseando que llegue el día de la representación para verlos.

Gracias a todos los que también os coláis en mi bandeja de entrada con vuestros cotidianos y extraordinarios, gracias.

Un abrazo grande desde el corazón, mío y de África.

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7 comentarios to “De la vida extraordinaria”

  1. Analía Says:

    AYYY TESS!! te leo despacio como si no quisiera que termine, lográs meternos dentro de la escena, sabés decir.
    Y no voy a decirte mucho más ahora, porque tengo sensaciones dentro que invitan al silencio; solo decirte que desde acá te mando un fuerte, fuerte abrazo!!! Te cuidás!

  2. Álex Says:

    Todo es vida extraordinaria en los ojos de quien mira con amor…

  3. Cecilia Says:

    Querida Tess
    Qué decir, que hasta dan ganas de estar allí, dejar todo, para tenerlo todo.
    Simplemente gracias. Un abrazo enorme.

  4. Chumi Says:

    ¿Me ha parecido ver en una de las batas quirúrgicas el símbolo del SAS (Servicio Andaluz de Salud)? Te habrás tomado la Cloroquina y esas cosas pa la malaria no? joe tia, pero mas o menos como lo cuentas no parece que te haya afectao fuerte porque hay quien lo pasa kanutas!!

    Me alegra leerte y que hayas compartido momentos con personas “de mi gremio”. Besitos muchos multiplicados por 20 :):):)

  5. Pedro Says:

    Que grande, no me salen más palabras, ¿Qué más hace falta decir?

  6. Yuan Says:

    Como siempre, nos edificas. Te saludo desde esta selva de Nueva York. Ayer fuimos a una misa en una parroquia franciscana, rodeada de rascacielos. Realidades distintas, conectadas por el amor de Dios.
    Unidos en la oración.

  7. Belén Says:

    Leyendo entre sonrisas y lágrimas…
    espero que estés bien recuperada de la malaria. Supongo que los medicuchos que te rodean te hayan cuidado bien.

    Un abrazo y gracias por acercarnos África..

    Belén

Huellas en la arena

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